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jueves, 20 de noviembre de 2025

🎭 El Mapa del Merodeador y la Máscara de Hermione

 




🎭 El Mapa del Merodeador y la Máscara de Hermione


Ese trimestre, Draco Malfoy se había propuesto un problema práctico: descubrir cómo hacía Potter para desaparecer de la torre por las noches y qué tenía que ver ese pergamino viejo y desgastado en todo el asunto. La Poción Multijugos no servía; duraba muy poco para varios días de observación silenciosa y dejaba demasiadas huellas. Necesitaba un disfraz más estable.

En el Callejón Diagon, encontró un artesano de esos que nunca preguntan nombres: mitad aritúmante, mitad maquillador teatral. El hombre le entregó un kit diseñado a partir de un retrato: una prótesis facial de silicona calcada a los rasgos de Hermione Granger, con los bordes tan finos que se difuminaban; un pequeño encantamiento para modificar el timbre de voz; y una peluca con frente de encaje cuya raya parecía cuero cabelludo incluso bajo la luz intensa de una lámpara. También venían las instrucciones: cómo preparar la piel, cómo asentar el puente de la nariz, cómo quitarlo todo sin rasgar.

Draco se transformó en un aula vacía del cuarto piso, donde el polvo amortiguaba cada sonido. Recogió su propio cabello en la forma más plana posible y lo fijó con un encantamiento ligador tan fuerte que sentía como si el aire mismo se hubiera ordenado. Un hisopo de alcohol quitó el brillo de su piel. Aplicó adhesivo en las sienes, a lo largo de la línea de las cejas, las bisagras de la mandíbula, y el caballete de la nariz. La prótesis era fría y flexible en sus manos; la colocó primero sobre el puente —siempre el ancla—, luego la estiró hacia los pómulos y las orejas, alisando las diminutas burbujas de aire con las yemas de sus pulgares. La costura en los párpados se asentó con una presión suave. Un respiro, otra pasada con polvo traslúcido, y la superficie parecía piel, no maquillaje.

Probó las expresiones. Cejas arriba: la frente se movió con él. Nariz arrugada: el material se flexionó y regresó. Mordió el interior del labio: no hubo deslizamiento, ni borde delator. El encantamiento de voz transformó sus palabras en un tono brillante y preciso, un poco más enérgico que el suyo propio. La peluca fue lo último, con el encaje frontal aterrizando a un dedo de distancia detrás de la frente; alfileres en las sienes, un toque de adhesivo en la línea del cabello, y luego una práctica caída de rizos que sombreaba la ceja. Jaló un mechón hacia adelante y sintió un escalofrío extraño: el telón había caído; la audiencia lo creería.

La ropa consolidó la ilusión. Unas medias dibujaban una línea fría subiendo por sus pantorrillas; una camisa almidonada y la corbata a rayas descansaban bajo un cárdigan de lana que exigía una postura mejor de la que solía molestarse en mantener. El dobladillo de la falda rozaba sus rodillas de una manera que le hacía caminar diferente sin pensarlo. La túnica de la escuela cayó sobre todo como un sello.

En el retrato de la Dama Gorda, dio la contraseña que había oído de unos de primer año. La Dama Gorda dejó que sus ojos viajaran desde el cabello hasta la corbata y los zapatos, y luego se abrió con un satisfecho carraspeo. La sala común era toda felpa roja y resplandor de chimenea, oliendo vagamente a pergamino y corazones de manzana. Draco —Hermione— dijo "buenos días" y cinco personas respondieron a la vez. Se sentó entre Potter y Weasley, corrigió el “Wingardium Leviosa” de un primer año y apiló con prontitud las notas de alguien en un montón ordenado. Nunca se acercó a la mochila de Potter; Hermione no lo haría. Simplemente observó la forma en que Potter la manejaba, cómo la mano se demoraba un latido en la solapa superior, donde un hilo protector brillaba si la luz lo alcanzaba.

Se quedó hasta tarde dos noches “para terminar Aritmancia”, durmiendo en un sillón con un libro abierto sobre su pecho. El papel se asentó. Para su sorpresa, le resultaba casi cómodo ser Hermione: el orden llegaba con facilidad a sus manos, y la gente obedecía el tono sin resentimiento. Y aún así, cada vez que Weasley le daba una palmada en el hombro, algo tenso y frío le golpeaba bajo las costillas: el recordatorio de que era Malfoy con modales prestados.

El desenmascaramiento llegó en la tercera mañana, y se sintió, después, inevitable. Potter entró temprano con el olor de la biblioteca todavía en su túnica. Vio a Hermione junto a la ventana y se detuvo en seco, como si hubiera llegado a una línea invisible en el suelo. Luego la cruzó. Se acercó demasiado para cualquier conversación educada, y Draco, que se había prometido a sí mismo que no se inmutaría, echó su peso hacia atrás una pulgada. El movimiento fue pequeño, pero fue suyo.

—Quieto —dijo Potter. Su mano se alzó hacia la línea de su cabello.

—No... —comenzó Draco, pero los dedos ya estaban sobre el encaje. El adhesivo se mantuvo, luego cedió con un susurro. La peluca se levantó (como se ve en la imagen). El verdadero cabello blanco brilló en las sienes como un fragmento de hielo. Potter no se molestó en parecer complacido. Su otra mano se cerró sobre su —suya— nariz.

La prótesis cedió. Hubo un ligero crujido, un suave tirón, el adhesivo calentándose bajo el calor de la piel. Apartó el falso rostro lateralmente y hacia abajo; la mejilla se liberó, el ojo se abrió, la propia mirada furiosa de Draco se abrió paso. Otro tirón firme y la boca que no era de Hermione quedó libre. La prótesis yacía en la palma de Potter, flácida y extraordinaria, y Draco se quedó expuesto, respirando con dificultad y furioso.

—Maldito Potter —dijo, porque la rabia llega más rápido que la dignidad.

Potter no reaccionó. —De todos modos, no habrías llegado muy lejos —replicó con voz firme—. El Mapa mostró tu nombre en nuestra sala común en el momento en que entraste por el retrato... hace tres días.

Draco parpadeó. Había asumido que el pergamino rastreaba pasos o apariciones, no la identidad. El error dolió más agudamente de lo que lo haría el disolvente después.

—Vi tu punto dar vueltas alrededor de la chimenea, quedarte dormido en esa silla, buscar libros que nunca tocarías —continuó Potter, más bajo ahora—. Solo quité la peluca para que el resto de ellos tuvieran algo que entender. —Miró los rizos en su puño, luego la máscara, y cerró la mano alrededor de ambos—. El Mapa se queda como nuestro secreto.

Caminaron hacia la oficina de la profesora McGonagall sin aspavientos. Potter no sacó su varita. Draco enderezó los hombros y mantuvo el ritmo, reuniendo lo que le quedaba de orgullo. La entrevista fue breve y formal: entrada ilegal, identidad falsa, treinta puntos para Slytherin, una advertencia sobre las consecuencias y una nota de que los artículos serían devueltos a través de los canales adecuados “y no deben usarse en los terrenos de la escuela”.

De vuelta en la sala común, Potter relajó su agarre sobre el día. Revisó que los hechizos protectores de su mochila no hubieran sido perturbados y, por un instante, desplegó el Mapa del Merodeador. La torre floreció en delgadas líneas de tinta; los nombres se deslizaban por los pasillos en sus quehaceres cotidianos. Ahora no había ningún "Draco Malfoy" cerca de Gryffindor. Tocó el pergamino con su varita.

—Travesura realizada.

La tinta se escurrió. La chimenea crepitó amistosamente. Al atardecer, la escuela había acordado —en tantas versiones como contadores había— que alguien había entrado pareciendo Hermione y salido pareciendo un problema. Potter no corrigió a nadie. Archivó una conclusión donde guardaba el resto de su conocimiento útil: había gente en Slytherin que prefería el ingenio al trabajo burdo con pociones, y Draco Malfoy era uno de ellos. La próxima vez, si es que había una próxima vez, Draco no comenzaría con una peluca o una cara, sino con la comprensión de la herramienta que había subestimado.


sábado, 21 de junio de 2025

Las Mascaras que copian Secuela Decima y ultima parte

  LAS MASCARAS QUE COPIAN (Décima y última parte)

Por Alexa Padme (esta es una continuación hecha por mi) Busquen las anterior partes en este Blog)


www. Fatralatg.blogspot.mx

Veo que se cayo el interés, por eso a veces no me gusta hacer historias largas , en fin espero les haya gustado la historia y hasta aquí llegamos


La Promesa a Barbara: Maternidad, Disciplina y la Búsqueda de la Perfección Femenina

Will, ahora completamente asentado en el cuerpo de Barbara Henderson, había hecho una promesa solemne a sí mismo, una que iba más allá de la mera supervivencia de su identidad. Se comprometió a vivir toda la experiencia de la maternidad, no solo como una mujer, sino como la encarnación perfecta de Barbara. Esto significaba que el "switch" a la personalidad de Barbara no se activaría en ningún momento, ni siquiera para mitigar las molestias o el dolor. El parto, la cúspide de la experiencia femenina, lo enfrentaría con su propia conciencia de Will. "Si iba a ser una mujer", pensó, "tenía que experimentar el paquete completo, sin atajos ni simulaciones." Las náuseas matutinas, la fatiga abrumadora del primer trimestre, y los antojos más extraños que su "marido" el señor Henderson, divertido y sorprendido, trataba de complacer, todo lo soportaría con una determinación férrea, observando cada cambio en su cuerpo y en su mente con la fascinación de un científico y la resiliencia de un atleta.

Pero la maternidad, para Will, no se limitaba a los desafíos fisiológicos. También recordó la promesa implícita que sentía le había hecho a la anterior dueña de ese cuerpo: que lo cuidaría y lo mantendría en forma, preservando la belleza que ahora era suya. No iba a permitir que el embarazo arruinara la figura espectacular que tanto había llegado a apreciar. La idea de "engordar" o perder la sensualidad que había descubierto lo aterraba más que los propios mareos.

Así, Will se embarcó en una nueva fase de su transformación, una que combinaba la curiosidad incansable de su propia mente con la disciplina innata de Barbara. Horas incontables se dedicaba a investigar, no solo por curiosidad, sino por un imperativo casi obsesivo. Se sumergía en YouTube, buscando con fervor tutoriales sobre ejercicios para embarazadas que fueran seguros pero efectivos, probando cada rutina con la seriedad de un estudiante aplicado. Navegaba por foros de nutrición, comparando dietas saludables para gestantes, planificando meticulosamente cada comida, cada snack, como si fuera una estrategia militar para mantener a raya los kilos de más. No iba a permitir que su figura se desdibujara. Él, como Barbara, quería seguir siendo tan sensual, femenina y deseable como la primera vez que se vio en el espejo, con la minifalda y la blusa escotada.

Había una pregunta que lo había rondado y que ahora, enfrentando su propia maternidad, se volvía crucial: nunca se había detenido a pensar cómo la Barbara original se había mantenido tan espectacular al tener a Gavin, o cómo había recuperado su envidiable cuerpo después del parto. Ahora, con su propio vientre comenzando a abultarse, Will estaba decidido a emular y, si era posible, incluso superar ese estándar. Era una forma de honrar el legado de Barbara, pero también una reafirmación de su propia identidad: la de una mujer que podía con todo, que abrazaba cada aspecto de su nueva vida con una pasión inquebrantable, incluso si eso significaba un arduo trabajo y una disciplina férrea mientras gestaba una vida.


El Compromiso de Barbara: Entre el Mimo Conyugal y la Voluntad de Hierro

El embarazo de Barbara se había convertido en el epicentro de la atención en el hogar Henderson, transformando la dinámica familiar en un ballet de cuidados y mimos. El señor Henderson, su "marido", estaba en un estado de éxtasis, desbordando una ternura y una preocupación que Will, en el cuerpo de Barbara, había llegado a apreciar genuinamente. La colmaba de atenciones, desde prepararle tés especiales para los mareos matutinos hasta masajearle los pies hinchados al final del día. Los antojos, antes una fuente de diversión para Will, se habían vuelto una misión para el señor Henderson, quien buscaba incansablemente los más extraños caprichos gastronómicos, desde pepinillos con helado de vainilla hasta sardinas con chocolate. Cada gesto de su marido era una confirmación de la nueva y profunda conexión que habían forjado, una intimidad que superaba la mera atracción física y se adentraba en los lazos de la devoción.

Gavin, por su parte, aunque aún procesaba la singularidad de tener a su mejor amigo gestando a su futuro hermano, también se sumó a la ola de cuidados. Vigilaba a "su madre" con una mezcla de afecto filial y la preocupación tácita de un amigo que velaba por el cuerpo de otro. Le ofrecía ayuda con las tareas, la acompañaba a sus citas médicas y, a menudo, la encontraba recostada en el sofá con una manta, observando con una mezcla de asombro y admiración la transformación que el embarazo operaba en el cuerpo de La Nueva Barbara.

Sin embargo, en medio de esta burbuja de atenciones, la "nueva Barbara" mantenía una disciplina férrea. Tanto su marido como Gavin le aconsejaban que no exagerara con el ejercicio, preocupados por su salud y la del bebé. "Barbie, tómalo con calma", decía el señor Henderson, "puedes darte un respiro, no tienes que ser tan estricta". Gavin, por su lado, le insistía en que se permitiera algún capricho culinario sin culpas. Pero Will, en el cuerpo de Barbara, se mantenía firme en su promesa. Su visión de la feminidad de Barbara era inquebrantable. Se negaba a que la gestación opacara la figura que tanto había llegado a apreciar y a la que se había aferrado como ancla de su nueva identidad.

En su mente, la imagen de sí misma, espléndida y sensual, bailaba constantemente. Se visualizaba de nuevo en sus minifaldas ajustadas, sintiendo la tela acariciar sus muslos. Anhelaba volver a enfundarse en sus vestidos escotados que tan bien realzaban su figura, el brillo de sus bolsos de diseño colgados del hombro, y la comodidad ajustada de sus jeans ceñidos. Incluso sus prendas íntimas de encaje, guardadas en un cajón, eran un recordatorio de la sensualidad que estaba decidida a recuperar. Y lo más importante para ella, sus amadas zapatillas, zapatos y botas de tacón, que ahora reposaban arrumbadas en el armario, reemplazadas por prácticos pero aburridos zapatos planos de maternidad.

En el presente, se conformaba con la comodidad necesaria para su estado: vestidos holgados que ocultaban el creciente vientre y los funcionales brasieres de maternidad. Pero su futuro ya estaba meticulosamente planeado. Con una previsión casi obsesiva, y sin que nadie lo supiera, ya había comprado una colección de fajas de abdomen de postparto de las mejores marcas, dispuestas en el cajón de la lencería, listas para ser usadas con la determinación de un soldado que se prepara para la batalla. La maternidad sería una experiencia completa y profunda, sí, pero la sensualidad y la feminidad icónica de Barbara Henderson no se negociarían. Will estaba decidido a demostrar que podía ser una madre devota y, al mismo tiempo, la encarnación perfecta de la belleza y el estilo de Barbara, una promesa que se había convertido en su obsesión más gratificante.



La Fusión Final: El Amanecer de Barbara Henderson

Will, en el cuerpo de Barbara, había cruzado el umbral final de su transformación de una manera tan gradual que apenas fue perceptible, ni siquiera para él. La promesa de vivir la maternidad "completa", de no ceder ante la tentación del "switch", había sido el catalizador que disolvió la última barrera, la última fibra que lo conectaba a su ser original. Se había olvidado de ser el Will adolescente; el nombre, los recuerdos de su antigua vida, todo se sentía ahora como un sueño ajeno, una historia lejana contada por otro. Cada día que pasaba, cada patada del bebé en su vientre, cada conversación con el señor Henderson o con Gavin, lo anclaba más y más profundamente en la identidad de Barbara.

La diferencia, y lo que hacía su caso tan singular en comparación con la total desaparición de Barbara en el cuerpo de Will, era que ella (la nueva Barbara) aún poseía un eco persistente de que alguna vez había sido Will. Este recuerdo, sin embargo, no era un ancla que la arrastrara de vuelta a su antigua vida, ni un lamento por lo perdido. Era, más bien, una capa de experiencia enriquecedora, un matiz sutil que dotaba a su nueva personalidad de una profundidad y una perspectiva únicas. La impulsividad de Will había sido reemplazada por la mesura y la paciencia de una mujer adulta; la despreocupación adolescente había mutado en la más profunda responsabilidad maternal.

Aunque todavía se sorprendía a sí misma fantaseando con la posibilidad de modelar las prendas más sensuales de su guardarropa o de ser el centro de todas las miradas femeninas por su figura envidiable, este era, quizás, el único rastro tangible del antiguo Will. Era un vestigio de su vanidad juvenil masculina, ahora transmutado en la sofisticación y el gusto impecable por la moda de Barbara, una mujer que siempre había sabido cómo destacar. Pero incluso esa vanidad estaba subordinada a su propósito principal. Ella, la nueva Barbara, ahora era sumamente responsable y pensaba constantemente en su futuro como madre.

El embarazo había cimentado su identidad de una manera irreversible. Cada punzada, cada náusea, cada antojo, cada ecografía en la que veía crecer a ese pequeño ser dentro de sí, la ligaba más profundamente a la mujer que se había convertido. Will no existía más. Su conciencia se había fundido por completo con la de Barbara Henderson. Ella era la mujer, la esposa devota, y pronto, la madre, que el destino, de la manera más insospechada y extraña, había querido que fuera. La promesa de las máscaras se había cumplido de una forma retorcida e inalterable: la vida de Barbara era ahora la única realidad de Will.



Epílogo: La Nueva Barbara, Estrella Global y Madre Plena

Cinco años se habían deslizado desde aquel día en que Will, en el cuerpo de Barbara, abrazó su destino y la inminente maternidad. La vida, con su inescrutable sabiduría, había tejido una nueva normalidad para la familia Henderson, una tapicería rica en matices, alegría y un secreto que solo uno conocía. Barbara, la mujer que ahora era Will, se había convertido en la orgullosa y devota madre de dos hermosos hijos: Gavin, ahora un joven de 20 años, un alma madura y perceptiva, consciente de la peculiaridad de su familia y del increíble acto de fe que vivían. Y luego estaba Lara, una hermosa y vivaz niña de 5 años, cuyos ojos brillaban con la inocencia y el amor más puros por sus padres y su hermano mayor. Para Lara, Barbara era simplemente su madre, y Gavin, su amado hermano. La verdad de las máscaras, la increíble odisea de las identidades intercambiadas, era un secreto celosamente guardado en lo más profundo del corazón de Gavin, una carga silenciosa que, con el tiempo y la aceptación, había aprendido a llevar con una madurez sorprendente para su edad.

La vida de la "nueva Barbara" había florecido de una manera que ni la Barbara original ni el Will adolescente habrían podido imaginar. Tal como se lo había prometido a sí misma en aquellos días de náuseas y antojos, recuperó su figura con una rapidez asombrosa después del embarazo de Lara, manteniendo una disciplina férrea que se había arraigado en su nueva identidad. Era una combinación del instinto de autocuidado de Barbara y la voluntad indomable de Will. El destino, con un giro irónico, la esperaba. Un día, mientras paseaba despreocupadamente con la pequeña Lara en el parque, disfrutando del sol y el bullicio infantil, su belleza innata y su impresionante físico llamaron la atención de un cazatalentos que pasaba por allí. El hombre, con años de experiencia en la industria, quedó anonadado al ver a una madre tan joven y radiante, y más aún, al descubrir que tenía un hijo adolescente. La combinación de una figura impecable, una piel luminosa, una gracia natural y la madurez que emanaba de su maternidad, era una fórmula irresistible que el mercado de la moda buscaba desesperadamente para un nicho en crecimiento.


Así, Barbara, cumpliendo el anhelo más secreto y profundo que Will había alimentado en sus fantasías, comenzó una exitosa y vertiginosa carrera como modelo de ropa para mujeres mayores de 30 años. Se deleitaba posando ante las cámaras, sintiendo la tela de los lujosos vestidos y los jeans ajustados acariciar su piel, moviéndose con una sensualidad innata que ya era parte de ella. Esta vez, no era una actuación para sí misma en la intimidad de su habitación, sino para todo el mundo. Sus fotografías adornaban las portadas y las páginas centrales de numerosas revistas de moda de renombre, y su elegancia y carisma eran elogiados en círculos que iban mucho más allá de su vecindario. La "nueva Barbara" no solo era hermosa; exudaba una confianza tranquila y una sofisticación accesible que la hacían increíblemente atractiva.

Incluso le propusieron incursionar en la actuación, una oportunidad que muchos envidiarían. Pero a eso se negó rotundamente. Para Barbara, la mujer que ahora era Will, estar con sus hijos tenía la máxima prioridad. No había negociación en ese punto. Sin embargo, al modelaje no se pudo resistir, pues le permitía explorar y proyectar esa feminidad y sensualidad que tanto había llegado a amar. No obstante, puso condiciones claras e innegociables: sus hijos siempre serían lo primero, sus horarios se ajustarían a las necesidades de Gavin y Lara, y su familia tendría prioridad absoluta sobre cualquier compromiso laboral, por lucrativo que fuera. Sus jefes, reconociendo el valor único y el magnetismo que Barbara aportaba a sus marcas, aceptaron encantados, sabiendo que habían encontrado una gema rara.



En el fondo, Will nunca se había ido por completo. Aunque su conciencia adolescente se había fusionado y transformado en la de Barbara, subsistía en ella una chispa inefable, un eco de su ser original que se manifestaba de maneras sutiles. Cuando posaba frente a la cámara, especialmente en poses que requerían un toque de audacia o una expresión de poder, un ligero rastro de su masculinidad original afloraba a la superficie. Era una fuerza casi imperceptible, una confianza sin complejos que se traducía en una postura más fuerte, una mirada más penetrante o un gesto más osado de lo que la Barbara original habría exhibido. Era la última huella de Will, el chico que había explorado la feminidad y la había hecho suya, transformándose en una Barbara Henderson completa, realizada y, en todos los sentidos, una estrella. El oscuro secreto de las máscaras se había desvanecido en el trasfondo, dejando una vida plena y exitosa, donde la identidad forjada era ahora la única y verdadera.




Epílogo: La Nueva Barbara, Estrella Global y Madre Plena

Cinco años se habían deslizado desde aquel día en que Will, en el cuerpo de Barbara, abrazó su destino y la inminente maternidad. La vida, con su inescrutable sabiduría, había tejido una nueva normalidad para la familia Henderson, una tapicería rica en matices, alegría y un secreto que solo uno conocía. Barbara, la mujer que ahora era Will, se había convertido en la orgullosa y devota madre de dos hermosos hijos: Gavin, ahora un joven de 20 años, un alma madura y perceptiva, consciente de la peculiaridad de su familia y del increíble acto de fe que vivían. Y luego estaba Lara, una hermosa y vivaz niña de 5 años, cuyos ojos brillaban con la inocencia y el amor más puros por sus padres y su hermano mayor. Para Lara, Barbara era simplemente su madre, y Gavin, su amado hermano. La verdad de las máscaras, la increíble odisea de las identidades intercambiadas, era un secreto celosamente guardado en lo más profundo del corazón de Gavin, una carga silenciosa que, con el tiempo y la aceptación, había aprendido a llevar con una madurez sorprendente para su edad.

La vida de la "nueva Barbara" había florecido de una manera que ni la Barbara original ni el Will adolescente habrían podido imaginar. Tal como se lo había prometido a sí misma en aquellos días de náuseas y antojos, recuperó su figura con una rapidez asombrosa después del embarazo de Lara, manteniendo una disciplina férrea que se había arraigado en su nueva identidad. Era una combinación del instinto de autocuidado de Barbara y la voluntad indomable de Will. El destino, con un giro irónico, la esperaba. Un día, mientras paseaba despreocupadamente con la pequeña Lara en el parque, disfrutando del sol y el bullicio infantil, su belleza innata y su impresionante físico llamaron la atención de un cazatalentos que pasaba por allí. El hombre, con años de experiencia en la industria, quedó anonadado al ver a una madre tan joven y radiante, y más aún, al descubrir que tenía un hijo adolescente. La combinación de una figura impecable, una piel luminosa, una gracia natural y la madurez que emanaba de su maternidad, era una fórmula irresistible que el mercado de la moda buscaba desesperadamente para un nicho en crecimiento.

Así, Barbara, cumpliendo el anhelo más secreto y profundo que Will había alimentado en sus fantasías, comenzó una exitosa y vertiginosa carrera como modelo de ropa para mujeres mayores de 30 años. Se deleitaba posando ante las cámaras, sintiendo la tela de los lujosos vestidos y los jeans ajustados acariciar su piel, moviéndose con una sensualidad innata que ya era parte de ella. Esta vez, no era una actuación para sí misma en la intimidad de su habitación, sino para todo el mundo. Sus fotografías adornaban las portadas y las páginas centrales de numerosas revistas de moda de renombre, y su elegancia y carisma eran elogiados en círculos que iban mucho más allá de su vecindario. La "nueva Barbara" no solo era hermosa; exudaba una confianza tranquila y una sofisticación accesible que la hacían increíblemente atractiva.

Incluso le propusieron incursionar en la actuación, una oportunidad que muchos envidiarían. Pero a eso se negó rotundamente. Para Barbara, la mujer que ahora era Will, estar con sus hijos tenía la máxima prioridad. No había negociación en ese punto. Sin embargo, al modelaje no se pudo resistir, pues le permitía explorar y proyectar esa feminidad y sensualidad que tanto había llegado a amar. No obstante, puso condiciones claras e innegociables: sus hijos siempre serían lo primero, sus horarios se ajustarían a las necesidades de Gavin y Lara, y su familia tendría prioridad absoluta sobre cualquier compromiso laboral, por lucrativo que fuera. Sus jefes, reconociendo el valor único y el magnetismo que Barbara aportaba a sus marcas, aceptaron encantados, sabiendo que habían encontrado una gema rara.

En el fondo, Will nunca se había ido por completo. Aunque su conciencia adolescente se había fusionado y transformado en la de Barbara, subsistía en ella una chispa inefable, un eco de su ser original que se manifestaba de maneras sutiles. Cuando posaba frente a la cámara, especialmente en poses que requerían un toque de audacia o una expresión de poder, un ligero rastro de su masculinidad original afloraba a la superficie. Era una fuerza casi imperceptible, una confianza sin complejos que se traducía en una postura más fuerte, una mirada más penetrante o un gesto más osado de lo que la Barbara original habría exhibido. Era la última huella de Will, el chico que había explorado la feminidad y la había hecho suya, transformándose en una Barbara Henderson completa, realizada y, en todos los sentidos, una estrella. El oscuro secreto de las máscaras se había desvanecido en el trasfondo, dejando una vida plena y exitosa, donde la identidad forjada era ahora la única y verdadera.





Segundo Epílogo: El Secreto Revelado, el Amor Perdurado

Otros cinco años se habían sumado al inexorable paso del tiempo, cincelando nuevas capas en la compleja tapicería de la vida de los Henderson. La popularidad de Barbara no había diezmado en lo absoluto. A sus 43 años, seguía siendo un ícono, el centro de miradas y de atención en la vertiginosa industria del modelaje, una figura que irradiaba gracia, elegancia madura y una autenticidad magnética que pocos podían igualar. Pero ese día, la prensa no solo estaba expectante por su deslumbrante presencia; el acontecimiento principal era la boda de su amado hijo. Gavin, ahora un joven de 25 años, se unía en matrimonio con Susan, una mujer tan inteligente como amable, cuyo amor por Gavin era tan profundo como el que Barbara sentía por ambos. El padrino de la boda era Will, quien seguía siendo la versión mejorada de sí mismo sin acordarse de que el fue en algún momento la madre del novio y ahora un hombre responsable y carismático, y a su lado su esposa Rose, ahora una psicóloga infantil de renombre, sería la madrina de la novia. La felicidad de todos era palpable, un aura de alegría y celebración que flotaba en el ambiente, casi tangible.

Pero Barbara, la mujer que era Will, había guardado una promesa en lo más profundo de su corazón desde hacía mucho tiempo. Una promesa que se había hecho a sí misma cuando la fusión de identidades se había vuelto irreversible y cuando el pequeño bebé de Barbara comenzaba a gestarse en su vientre. Había decidido que, en el día de la boda de Gavin, un hito tan significativo en su vida, le revelaría el secreto. Era un acto de amor supremo, un momento de clausura para el doloroso pasado y un regalo de verdad para el hijo que había amado y protegido en dos vidas distintas.

En medio del bullicio de la recepción, con la música vibrando y las risas llenando el aire, Barbara tomó a su hijo de la mano. Con un gesto de su cabeza, lo guio lejos de la multitud, conduciéndolo a un salón apartado y cerrado, un refugio de intimidad en medio del caos festivo. El corazón de Gavin, aunque acelerado por la emoción de su boda, latía con una mezcla de anticipación y un extraño presentimiento. La expresión seria en el rostro de su "madre" le indicó que algo trascendental estaba a punto de suceder.

"Gavin, cariño", comenzó Barbara, su voz suave, cargada con la dulzura innata de la Barbara original y la profunda determinación de Will. Sus ojos, los de Barbara Henderson, brillaban con una honestidad brutal. "Quiero pedirte perdón. Hay algo que debí haberte dicho hace mucho, mucho tiempo." Los ojos de Gavin, ahora los de un hombre maduro, se fijaron en los de su madre, buscando respuestas, preparándose para lo que fuera que viniera.

"La realidad, hijo", confesó Barbara, su voz apenas un susurro que llenó el pequeño espacio, "es que yo soy Will. Nunca me fui. Siempre estuve aquí." Una pausa cargada de una emoción densa, casi palpable, llenó el aire. "Cuando todo esto pasó, y me di cuenta de que tu madre se había perdido, y que yo… yo estaba atrapado en su cuerpo, no quería que sufrieras más de lo necesario. Quería hacerte la vida más fácil. Y por eso, me transformé. Me convertí en tu madre, en Barbara Henderson, al cien por cien, con cada fibra de mi ser, para que no sintieras su ausencia." Las palabras brotaron, una liberación largamente esperada. "Lo que siento por ti, Gavin, es absolutamente auténtico. Cada abrazo que te di, cada consejo, cada momento que hemos compartido como madre e hijo… todo es real. El amor que siento por ti, es el amor de tu madre, porque yo soy ella."



Barbara continuó, revelando la profundidad de su propia y compleja transformación. "Tu madre, la verdadera Barbara, se convirtió en Will. Y yo... yo me he convertido en ella. Soy esta mujer que ves, esta madre que te ama. Pero, aunque soy Barbara Henderson ahora, nunca he olvidado quién fui. El recuerdo de Will vive en mí, como una capa más de mi existencia. Y te confieso esto ahora, en un día tan importante, porque tú lo mereces. Tú, mi valiente hijo, has guardado nuestro secreto por años, has cargado con esta verdad en silencio, sin quejarte, sin dudar. Solo quiero que sepas que, aunque sé que alguna vez fui Will, ahora soy Barbara, tu madre, y te amo mucho, más allá de cualquier cuerpo o identidad."

Gavin escuchó en silencio, una mezcla de asombro y una comprensión profunda pintada en su rostro. Sus ojos, ahora húmedos, nunca se apartaron de los de la mujer frente a él. Cuando Barbara terminó de hablar, una pequeña sonrisa, teñida de melancolía pero también de inmenso alivio, se dibujó en sus labios. "Lo sé, mamá", dijo Gavin, su voz tranquila y llena de una aceptación serena. "Lo sospeché. Hubo momentos, destellos, que me hacían dudar, que me decían que algo no encajaba del todo, pero… decidí no pensar mucho en ello. Era más fácil así, para todos nosotros." Se acercó a ella y la abrazó con una fuerza que transmitía años de amor, respeto y gratitud acumulados. "Gracias por todo, mamá. Gracias por elegirme, por cuidarme, por ser la madre que necesitaba, sin importar quién eras antes." Separando el abrazo, Gavin miró a la mujer frente a él, sus ojos llenos de afecto incondicional, sellando el momento con las palabras que Barbara más anhelaba escuchar. "Realmente te quiero. Gracias, Mamá."



El secreto había sido finalmente revelado, no para causar dolor o confusión, sino para liberar, para forjar un lazo aún más fuerte, forjado en la verdad y el sacrificio. En ese salón apartado, la increíble historia de las máscaras se convirtió en un testamento a la fuerza del amor, la identidad y la aceptación, trascendiendo las barreras del cuerpo y la memoria. Las luces de la boda brillaban afuera, marcando el inicio de una nueva vida para Gavin, pero también el cierre de un capítulo extraordinario y el afianzamiento de una familia que, a pesar de su origen inusual, era más auténtica y profunda que nunca.

FIN

miércoles, 18 de junio de 2025

Las Mascaras que copian Secuela Novena parte

   LAS MASCARAS QUE COPIAN (Novena parte)

Por Alexa Padme (esta es una continuación hecha por mi) Busquen las anterior partes en este Blog)


www. Fatralatg.blogspot.mx

(Si quieren mas comenten si no veo comentarios, creo que no les interesa)


La nueva Barbara

Will, quien se había transformado en Barbara Henderson, había aceptado su nueva realidad con una mezcla de asombro y una creciente sensación de poder. Recordaba vagamente su vida anterior como Will, como un sueño lejano y menos vibrante. Las palabras de la otra "Barbara" resonaban en su mente con una claridad escalofriante: "Querías ser yo, y ahora lo eres". Y, en muchos sentidos, era verdad. Aunque la pérdida de sus años de juventud era innegable, la perspectiva de vivir como una mujer adulta, una mujer atractiva y con una vida social activa, tenía un atractivo irresistible Barbara tenia casi 35 y Will tenia 15 lo que significaba 20 años menos de vida, pero pensó que valía la pena.

Sus salidas de compras se habían convertido en una exploración fascinante de su nueva identidad. Acompañado por las amigas de Barbara, ahora sus propias amigas, descubría el placer de elegir vestidos que realzaban sus curvas femeninas, de probarse jeans ajustados que moldeaban sus piernas, de seleccionar blusas que destacaban su escote. Cada prenda se sentía como una nueva capa de su ser, una faceta de Barbara que ahora era suya. Y las exclamaciones de sus amigas, llenas de una envidia juguetona, eran una confirmación constante de su transformación. "¡Te queda espectacular, Barbie!", exclamaban, sus ojos recorriendo su figura con admiración. "¡Ojalá yo tuviera tu tipo!" Estas palabras, aunque dirigidas al cuerpo de Will, eran absorbidas por la conciencia de Barbara, alimentando una vanidad recién descubierta.



Las conversaciones con sus amigas eran un crisol de temas femeninos que antes le eran ajenos: relaciones, moda, chismes del vecindario, planes para el fin de semana. Barbara, con la mente curiosa y adaptable que siempre había tenido, se sumergía en estas charlas, aprendiendo los códigos y las sutilezas de la amistad femenina adulta. A veces, un comentario o una anécdota de su vida anterior como Will se colaba en la conversación, pero lograba disfrazarlo con una sonrisa y una excusa vaga, atribuyéndolo a un "lapsus" o a un recuerdo confuso.

Lo que más le sorprendía era la atención que ahora recibía. Hombres y mujeres por igual se giraban para mirarle. Los hombres lo abordaban con piropos discretos o invitaciones a tomar una copa, halagando su belleza y su estilo. Barbara, aunque inicialmente torpe, aprendió rápidamente a manejar estas situaciones con la gracia y la desenvoltura de Barbara Henderson. Sonrisas coquetas, respuestas ingeniosas, un ligero toque de misterio: había heredado el arte del coqueteo. Pero también notaba las miradas de admiración de otras mujeres, algunas abiertamente curiosas, otras con un brillo de interés que iba más allá de la simple amistad. Barbara, explorando las complejidades de su nueva identidad, comenzaba a comprender el espectro de la atracción y el poder que emanaba de su feminidad adquirida.

 En cada salida, en cada interacción, Barbara se afirmaba más en su nuevo rol. Will se desvanecía en la memoria, reemplazado por la palpable realidad de ser Barbara Henderson. La pérdida de su juventud era un precio, sí, pero las recompensas de esta nueva vida, llena de experiencias sensoriales y sociales que nunca antes había conocido, eran cada vez más seductoras. La envidia en los ojos de sus amigas, la admiración de los extraños, todo contribuía a cimentar su identidad, la identidad de Barbara, que ahora sentía tan propia como el cuerpo que habitaba.



La Nueva Barbara: Cariñosa y Estratégica con Gavin

La nueva Barbara, con la mente de Will ahora adaptada a su nueva identidad femenina y maternal, había descubierto una forma particular de diversión: molestar a Gavin con un afecto desbordante. Este comportamiento era exclusivo del hogar, un juego privado entre ellos. La Nueva Barbara era consciente de la necesidad de mantener las apariencias. No le gustaría poner en ridículo a su mejor amigo (ahora su hijo) en público.

En casa, sin embargo, la "nueva Barbara" se volvía sumamente amorosa y un tanto empalagosa. Constantemente le pedía abrazos y besos, a menudo en los momentos más inoportunos para Gavin, como cuando intentaba relajarse o concentrarse en algo. Siempre quería "ayudarlo" con sus problemas, incluso los más triviales, ofreciendo consejos y soluciones con una insistencia que Gavin encontraba exasperante.

Odiaba como su nueva madre le decía que debería tener una novia, que debería de aprender de Will, y también le pregunto si ya su padre había tenido la platica de como hacer bebes, por que si quería ella estaba dispuesta a darle una charla a lo que Gavin se le quedaba viendo con cara de asco y  diciendo “mamá no te pases”

Un día, la "nueva Barbara" sugirió con una sonrisa zalamera: "Gavin, cariño, ¿por qué no invitamos a William y a Rose a cenar? Hace tiempo que no los veo, y como Will es tu mejor amigo, ¡sería un placer tenerlo en casa!". No era un intento de "pasar tiempo con su antiguo cuerpo", sino un gesto de la "madre" de Gavin que quería agradar al "mejor amigo" de su hijo, y de paso, molestar a Gavin al forzar una cena con la extraña dinámica de sus identidades.

Para La Nueva Barbara, esta "sobre protección y amor" sobre Gavin era una fuente inagotable de gracia y diversión. Era una forma de ejercer su nuevo rol maternal, de explorar los límites de su personaje y, quizás, de recordarle a Gavin quién estaba ahora a cargo de su vida familiar, todo mientras se deleitaba en la incomodidad de su "hijo". La risa interna de Will, oculta tras la afectuosa sonrisa de Barbara, era una señal de lo cómodo que se sentía en su nueva piel, incluso al punto de disfrutar el sutil tormento de su antiguo amigo.


La Nueva Intimidad: Will como Barbara y el Regalo Inesperado

La adaptación de Will a la vida de Barbara había sido asombrosa, y su creciente comodidad en el cuerpo de la madre de Gavin lo llevó a explorar facetas que jamás imaginó. Con el "switch" de Barbara casi siempre apagado, Will había aprendido a ser la señora Henderson sin esfuerzo, encontrando una extraña plenitud en su rol. Sorprendentemente, una de las áreas donde más se había transformado era en la intimidad con su marido. La antigua Barbara, según los recuerdos a los que Will tenía acceso, había tenido una vida marital algo escasa en el ámbito físico, con una rutina más por deber que por pasión. Pero Will, con su mente de joven adaptándose a una nueva sensualidad y su deseo innato de experimentar, descubrió un placer inesperado en las noches con el señor Henderson.

La "nueva Barbara" era mucho más activa, apasionada y espontánea en la cama. Sus movimientos, que antes le resultaban extraños, ahora se sentían naturales, guiados por una mezcla de la curiosidad de Will y la latente feminidad de Barbara. Este cambio no pasó desapercibido para el señor Henderson. De ser un marido quizás un poco resignado, se encontró con una esposa revitalizada, más cariñosa y atenta. Él la mimaba y la consentía más, notando con deleite esa nueva chispa y pasión que Barbara irradiaba. La colmaba de atenciones, pequeños gestos de cariño y halagos, lo que a su vez retroalimentaba la confianza de Will en su papel.



Esta nueva y vibrante interacción marital se volvió mucho más frecuente, casi una rutina de descubrimiento mutuo. La pasión y la conexión entre ellos crecieron exponencialmente. Sin embargo, lo que empezó como una exploración curiosa, pronto se convirtió en algo mucho más concreto y abrumador.

Un día, la "nueva Barbara" notó que su regla no le había venido. Al principio, Will, con su mentalidad de adolescente, no le dio mucha importancia. Pensó que el estrés o el cambio de rutina podían haber afectado el ciclo. Pero a medida que los días se convirtieron en semanas, una punzada de pánico comenzó a crecer en su pecho. Los recuerdos de Barbara sobre los síntomas del embarazo, la náusea matutina y los cambios en el cuerpo, empezaron a resonar en su mente con una intensidad escalofriante.

El miedo lo invadió. ¿Sería posible? No quería ni pensarlo. Con el corazón martilleándole en el pecho, y sin decirle nada a Gavin o a su "marido", Will se dirigió sigilosamente a una farmacia en otra ciudad, lejos de donde lo conocieran. Con manos temblorosas, compró uno de esos aparatos caseros que detectan si estás embarazada. La imagen de sí mismo, Will, un adolescente, comprando una prueba de embarazo en el cuerpo de una mujer adulta, era surrealista y aterradora a la vez.

El resultado, que apareció minutos después en la soledad del baño, fue inconfundible: dos líneas claras. Barbara Henderson, a sus 32 años, estaba embarazada. Y el "padre" era su marido, el señor Henderson. La farsa había alcanzado un nivel de permanencia y complejidad que Will jamás podría haber imaginado, y la vida que había decidido gozar ahora tenía una consecuencia que lo ataba de una manera inquebrantable al destino de Barbara Henderson.



Un Eco del Pasado: La Sorpresa de la "Nueva Barbara"

Gavin, con la boca llena de la emocionante noticia, corrió a encontrar al nuevo "Will. El chico, que ahora era su mejor amigo, estaba distraído, probablemente pensando en Rose o en los videojuegos. "¡Voy a tener un hermano o hermana!", exclamó Gavin, eufórico. "¡Mi mamá está embarazada!"

La reacción de "Will" fue instantánea y sorprendente. Su rostro, el rostro adolescente de Will, se contorsionó en una expresión de profunda extrañeza y sobresalto. Sus ojos, los de Will, se abrieron con una mezcla de confusión y asombro. "Un... ¿un hermano?", preguntó, su voz sonando inusualmente ahogada para Will. "¿Yo... tu mamá está embarazada?" La frase salió con una autenticidad que heló a Gavin. Por un microsegundo, fue como si la verdadera Barbara Henderson, la madre que había sido, emergiera de las profundidades de la fusión, reaccionando a la noticia de su propio embarazo con una incredulidad abrumadora.

Luego, tan rápido como había aparecido, ese destello de la antigua Barbara se desvaneció. La expresión de Will regresó a la normalidad, y una sonrisa se extendió por su rostro. "¡Ah, sí! ¡Genial, Gavin!", exclamó con el entusiasmo habitual de Will. "¡Felicidades, vas a tener un hermanito o hermanita! ¡Eso es asombroso! ¡Seguro que tus padres están súper felices!" La breve y aterradora aparición de la conciencia de Barbara se había extinguido, dejando solo al "nuevo Will", el adolescente mejorado, contento por la noticia del embarazo de la madre de su amigo.



La Lucha Interna de Will: Embarazo y Aceptación Forzada

La noticia del embarazo de "Barbara" había sido recibida con euforia por su marido y con resignación por Gavin, pero para Will, la persona real en el cuerpo de Barbara, la realidad era abrumadora. Una vez a solas en la intimidad de su habitación, Will apagó el "switch" de Barbara. La risa forzada y la alegría maternal se desvanecieron, dejando paso a un torbellino de emociones.

Se decía a sí misma, con la mente de Will, que eso no era posible. Le gustaba ser Barbara, sí, y había llegado a disfrutar su nueva vida, pero nunca pensó en estar embarazada. La idea de gestar una vida, los cambios en el cuerpo, el parto, la maternidad... eran conceptos ajenos y aterradores para su mente adolescente. No sabía qué iba a pasar ahora, si podría sobrellevar el embarazo, si estaba preparado para ser madre.

El pánico lo consumió. Con un acto de desesperación, Will volvió a encender el "switch" de Barbara al 100%. La transformación fue instantánea. La angustia se disipó, reemplazada por una oleada de afecto y alegría. Una vez más, Barbara Henderson, la original, tomó el control, y con ella, la emoción genuina de la maternidad.

"No seas tonta", se dijo a sí misma La Nueva Barbara, con la voz y el pensamiento de la verdadera Barbara. "Tú querías esto. Como Barbara Henderson, debes estar feliz por estar esperando un bebé."

La mente de Will se vio superada por la de Barbara, arrastrada por la corriente de la felicidad y el propósito maternal. Era una aceptación forzada, una rendición a la voluntad de la personalidad que ahora lo dominaba por completo. El embarazo no solo significaba un cambio físico; sellaba la irreversible fusión de identidades, haciendo que la vida de Barbara fuera ahora la única realidad de Will, incluso en sus aspectos más fundamentales. La última resistencia de Will se había desvanecido ante la inminente llegada de una nueva vida.


La Rendición Final: Will Acepta su Destino como Barbara

Will, en el cuerpo de Barbara, apagó el "switch" una vez más, buscando su propia conciencia. Pero esta vez, no hubo pánico, ni angustia, ni la desesperada lucha por negar la realidad. En ese instante, con una claridad inquietante y casi serena, se dio cuenta de algo que ya sabía en lo más profundo de su ser, una verdad que la constante inmersión en la personalidad de Barbara había grabado en su alma: él era Barbara Henderson.

Era una mujer amorosa, que amaba a su hijo Gavin, y que amaba a su marido. Y como Barbara, con todo su ser y con el corazón de la mujer que ahora era, amaría al nuevo bebé que venía en camino. La farsa se había vuelto su verdad más palpable. El aluvión de emociones que sentía, la felicidad, la expectación, la ternura que surgía al pensar en el pequeño ser que crecía dentro de "su" cuerpo, eran absolutamente genuinas. Ya no eran reacciones prestadas del "switch"; eran suyas.

La introspección se profundizó al pensar en el bebé. Ese pequeño ser, ajeno a la intrincada historia de las máscaras, del intercambio de almas y de las vidas que se habían perdido y encontrado. Para ese bebé, él sería simplemente su madre, Barbara Henderson. El bebé nunca sabría el oscuro secreto, la improbable cadena de eventos que llevó a un hombre adolescente a convertirse en su progenitora. Crecería con la verdad que se le presentaría: una madre cariñosa, un padre amoroso y un hermano mayor. Su existencia sería la prueba viviente de la nueva realidad, una realidad donde el pasado de Will como un hombre había sido borrado para siempre, reemplazado por la plenitud de la maternidad femenina.

No importaría lo que pasara, él sería su madre. Y con esa certeza, la última resistencia de Will se disolvió. Su antigua vida se había desvanecido, dejando solo la de la mujer que ahora era, una mujer que abrazaba la maternidad con una alegría genuina y una identidad que, aunque construida sobre la de otro, ahora sentía como propia, inquebrantable e irrefutable.



La Realidad del Embarazo: Aceptación y Tranquilidad

Will, en el cuerpo de Barbara, no tardó en experimentar los verdaderos efectos del embarazo. Los mareos y vómitos constantes se convirtieron en su nueva rutina matutina, seguidos de antojos de lo más raros que mantenían a su marido divertido y atento. Una necesidad inusual de ser querida y mimada por sus seres cercanos se apoderó de ella, y su marido respondía con una devoción que Will, como Barbara, encontraba profundamente gratificante. Cada caricia, cada palabra de aliento, afianzaba más su rol de futura madre.

En medio de esta nueva etapa, ocurrió una tarde muy agradable. El "nuevo Will" (la señora Henderson, ahora completamente fusionada con la personalidad de Will) y Rose fueron a visitar a la familia Henderson. Will, en el cuerpo de Barbara, observó a "Will" con una curiosidad y una serenidad que no había sentido antes. Ya no había la angustia por la identidad perdida de Barbara. Lo que vio fue a un hombre responsable y amoroso con su novia, Rose. Las bromas de "Will" eran más maduras, su conversación más coherente y su presencia, más segura. La antigua personalidad desorganizada de Will se había transformado.

Esta observación profunda puso a Will (la "nueva Barbara") muy tranquilo. La realización fue clara: ya no existía Barbara Henderson en su cuerpo. La fusión había sido completa. Pero, al mismo tiempo, su propia personalidad (Will) había mejorado exponencialmente al absorber lo mejor de Barbara. La reciprocidad de la transformación era innegable. Su cuerpo, el de Will, estaba en buenas manos, cuidado por una versión madurada y amorosa del mejor amigo de su hijo. Mientras Will se preparaba para la maternidad, una extraña paz se instaló en su corazón al saber que, aunque su vida había tomado un giro inimaginable, al menos la otra mitad de la ecuación había encontrado un camino igualmente digno.


CONTINUARÁ

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