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domingo, 22 de febrero de 2026

Identidad Fragmentada



Identidad Fragmentada: El Dilema de Okarun

Okarun caminaba por las calles de Kamishiro con una sensación de pesadez que no le pertenecía. Cada paso que daba hacía que la falda plisada se moviera contra sus muslos, una sensación térmica y física para la que su mente no estaba preparada. Al bajar la mirada, no veía sus manos huesudas y pálidas, sino los dedos finos y cuidados de Momo Ayase.

No sabía si había sido un efecto secundario de un encuentro con un Ser de las Estrellas o la broma pesada de un Yokai de clase alta, pero el intercambio de almas había sido absoluto.

El peso de una vida ajena

Lo más difícil no era el aspecto físico, sino la energía que el cuerpo de Momo proyectaba. Okarun sentía una vibración espiritual constante, un eco de los poderes de la "Chica Médium" que él no sabía cómo controlar. Cada vez que intentaba ajustar sus lentes —que ahora eran meros accesorios estéticos de Momo—, recordaba con un vuelco en el corazón que su verdadero cuerpo estaba en algún lugar, posiblemente habitado por la personalidad impulsiva y audaz de ella.

Se detuvo frente al aparador de una tienda y observó su reflejo. Llevaba la sudadera rosa oversize, el enorme moño rojo y el choker negro; se veía exactamente como Momo, pero sus ojos delataban el pánico y la timidez que solo Okarun podía sentir.

"Si no encuentro a Momo pronto, su abuela se va a dar cuenta... y si Dodoria-san me cacha, estoy muerto", pensó con un sudor frío recorriéndole la nuca.

Un encuentro inesperado

De repente, sintió una presencia. No era un extraterrestre, pero la sensación de ser observado lo puso en alerta. Un grupo de estudiantes de su misma escuela se acercó, saludándolo efusivamente como si fuera Momo. Okarun tuvo que forzar una sonrisa, tratando de imitar la seguridad de su amiga, mientras su mente trabajaba a mil por hora buscando una solución científica o paranormal.

El aire se volvió pesado y el cielo comenzó a tomar un tono violeta antinatural. Okarun se dio cuenta de que el tiempo se agotaba: si no revertía el intercambio antes del anochecer, las almas podrían terminar fusionándose con sus recipientes actuales de forma permanente, borrando la esencia de quién era realmente. Con los puños apretados dentro de los bolsillos de la sudadera, decidió que no podía esperar a ser rescatado. Tenía que usar el cuerpo de Momo para salvarse a sí mismo.


 

El Reflejo del Vacío

Los días pasaron y la esperanza de Okarun de despertar en su propia cama se disolvió como la neblina sobre Kamishiro. Pero algo más aterrador que el intercambio estaba sucediendo: la asimilación.

No era solo que habitara el cuerpo de Momo Ayase; es que su mente estaba empezando a ceder ante la inercia de esa vida. A pesar de que su conciencia gritaba que él era Ken Takakura, sus manos, por puro instinto muscular, buscaban cada mañana el estuche de maquillaje y los accesorios de la chica.

Una identidad en préstamo

Okarun se miró al espejo, ajustando con dedos temblorosos los largos aretes color turquesa. Se sentía ridículo, pero a la vez, sentía una compulsión eléctrica por verse "correctamente". Ya no era solo la sudadera rosa o la falda; ahora usaba el vestido blanco y la chamarra roja que Momo solía reservar para las ocasiones importantes. Era como si el cuerpo tuviera una memoria propia que lo obligaba a mantener la fachada, una inercia estética que lo estaba devorando.

"Momo... ¿dónde estás?", susurró, y su propia voz, aguda y melodiosa, le devolvió un eco que le heló la sangre.

La desaparición total

La verdadera pesadilla comenzó cuando Okarun, usando la linterna de Momo, decidió infiltrarse en su propio departamento. Esperaba encontrar a su cuerpo —el chico flaco de lentes y cabello desordenado— actuando como Momo, o al menos esperando por ayuda.

Pero no había nada.

Su habitación estaba intacta, cubierta de una fina capa de polvo y un silencio sepulcral. No había rastro de "él". Ni en la escuela, ni en los lugares que solían frecuentar para cazar extraterrestres. Era como si la existencia física de Ken Takakura hubiera sido borrada del tejido de la realidad, dejando solo a "Momo" como el único recipiente para ambos.

La caza en la oscuridad

Okarun bajó a los túneles subterráneos de la ciudad, donde la actividad paranormal era más intensa. Con la linterna en una mano y los sentidos de médium de Momo a flor de piel, comenzó a entender la magnitud del problema. No había sido un simple intercambio de almas. Había sido un desplazamiento.

Se detuvo en seco cuando vio algo en las paredes del túnel: una serie de símbolos que no eran ni humanos ni de los Yokai que conocía. Eran marcas de una tecnología de "suplantación cuántica".

Okarun se dio cuenta, con horror, de que mientras él se perdía en los rituales diarios de Momo —poniéndose su ropa, usando sus aretes, caminando como ella—, el mundo estaba olvidando que él alguna vez existió. Él no estaba atrapado en el cuerpo de Momo; él se estaba convirtiendo en la única versión de Momo que el universo reconocía, mientras su verdadero ser permanecía en una dimensión de bolsillo, invisible y mudo.


La Amalgama: Dos Almas, un Solo Cuerpo

El peso de la realidad cayó sobre Okarun como una loza de concreto. Sentado a la orilla del lago, mientras el sol de la tarde teñía el agua de un naranja metálico, se miró las manos. Llevaba el vestido blanco ajustado y las medias altas que tanto le gustaban a Momo. Ya no se sentía como un disfraz; se sentía como su piel.

La sentencia de la Abuela

La Turbo Abuela, con su usual tono burlón pero cargado de una seriedad que erizaba la piel, fue la primera en soltar la bomba mientras masticaba un dango. Pero fue la abuela de Momo, Seiko, quien puso la mano sobre su hombro y confirmó el horror.

— "Escúchame bien, Ken" —dijo Seiko, usando su nombre real por primera vez en semanas, lo que lo hizo estremecerse—. "Momo no se ha ido a ninguna parte. No hay un cuerpo de Okarun esperando en un túnel. El fenómeno que los golpeó no fue un intercambio... fue una fisión espiritual inversa. Se fusionaron".

Okarun sintió un nudo en la garganta. — "¿Entonces... ella está aquí?" —preguntó, señalando el pecho del cuerpo que ahora habitaba.

— "Ella es el recipiente y tú eres el motor" —explicó la abuela—. "Sus conciencias se entrelazaron. Momo está dormida en lo más profundo de tu psique, y por eso tu mente, para no colapsar, te obliga a actuar como ella, a vestirte como ella y a ser ella. Si te resistes, tu alma simplemente se fragmentará".

Mandar todo al carajo

Esa tarde, Okarun —o quien quiera que fuera ahora— se quedó solo frente al lago. La rabia comenzó a ganarle al miedo. Estaba harto de buscar una salida que no existía. Si el mundo solo veía a Momo Ayase, si sus instintos lo obligaban a ser Momo Ayase, ¿qué sentido tenía pelear?

Levantó la mano y, en un gesto de pura frustración y rebeldía que rara vez se permitía el tímido Ken Takakura, le pintó un dedo al horizonte, al destino y a cualquier alienígena que les hubiera hecho esto.

"¡Al carajo con todo!" —gritó al vacío. "Si voy a ser Momo, voy a ser la mejor versión de ella. Voy a vivir su vida, voy a usar su ropa y voy a patear traseros con su poder".

El despertar latente

Pero justo cuando decidió rendirse a su nueva identidad, sintió un leve cosquilleo en la nuca. No fue una descarga eléctrica, sino un sentimiento: una chispa de molestia, una pizca de esa actitud mandona y protectora que tanto caracterizaba a la verdadera Momo.

Momo no estaba muerta. Estaba ahí, escuchando. Okarun se dio cuenta de que ahora compartía no solo un cuerpo, sino un inventario de recuerdos y emociones. Cada vez que se ajustaba el choker o se ponía los aretes, era un tributo inconsciente para mantener a la conciencia de Momo a salvo en la oscuridad de su mente.

El problema ahora era: ¿qué pasaría cuando ella despertara? ¿Habría espacio para dos personalidades en un solo cerebro, o uno tendría que devorar al otro para sobrevivir?





(ASÍ ES COMO TODOS ME VEN)


La Metamorfosis de Ken Takakura

Okarun se despertó esa mañana y no buscó sus lentes de armazón grueso por costumbre, sino que estiró la mano hacia el buró para tomar el teléfono color menta. Se tomó una foto frente al espejo, una selfie rutinaria que Momo habría hecho. Al ver la imagen, ya no buscó a Ken en esos ojos; aceptó la redondez de su rostro, el brillo de los aretes turquesa y la forma en que la camiseta negra de tirantes se ajustaba a su nueva anatomía.

El Nuevo Rol en la Casa Ayase

Bajó a la cocina donde Seiko preparaba el desayuno. El silencio habitual de Okarun fue reemplazado por un tono más ligero, casi vibrante.

— "Buenos días, Abuela. ¿Hay algo de desayunar? Muero de hambre" —dijo, sentándose a la mesa con una naturalidad que dejó a la Turbo Abuela (en su forma de gato) con la boca abierta.

Seiko lo miró de reojo, evaluando la chispa en sus ojos. Ken ya no estaba "fingiendo" ser Momo para pasar desapercibido; estaba adoptando sus modismos, su energía y hasta su impaciencia.

— "Vaya, parece que alguien finalmente aceptó que no tiene caso llorar por la leche derramada" —respondió Seiko con una sonrisa de suficiencia—. "Si vas a ser mi nieta, más te vale que laves los platos después".

La Vida como Momo

Okarun comenzó a salir al mundo no como un chico atrapado, sino como la dueña legítima de ese cuerpo. Se compró ropa nueva, empezó a usar maquillaje ligero para resaltar las facciones que ahora eran suyas y se sumergió en el círculo social de Momo. Lo más extraño es que empezó a disfrutarlo.

Había una libertad en ser Momo que Ken nunca tuvo. La gente la escuchaba, la respetaba y, sobre todo, la veía. Sin embargo, en la soledad de su cuarto, cuando se quitaba los aretes al final del día, Okarun sentía ese "eco" interno.

"Lo estoy haciendo bien, ¿verdad, Momo?", pensaba hacia adentro, hacia esa parte de su psique donde ella dormía.

El Precio de la Renuncia

Pero vivir la vida de alguien más tiene un costo. Al dejar de ser Ken, las habilidades analíticas y el conocimiento enciclopédico de Okarun sobre los OVNIs empezaron a nublarse, reemplazados por los instintos espirituales de Momo. Estaba perdiendo su esencia para mantener el cuerpo vivo y funcional.

Un día, mientras caminaba por el centro, pasó frente a una tienda de electrónica y vio un póster de una nueva convención de astronomía. Por un segundo, su corazón dio un vuelco, un impulso puramente de Ken Takakura. Pero antes de que pudiera acercarse, su mano subió instintivamente a juguetear con su cabello corto y su mente saltó a pensar en qué tipo de gloss combinaría mejor con su atuendo de mañana.

Okarun sonrió frente al cristal, una sonrisa que era 100% Momo, mientras una pequeña lágrima, que no sabía de dónde venía, resbalaba por su mejilla.


Disciplina de Hierro: El Despertar del Recipiente

Seiko no era de las que se andaban con rodeos. Si Ken Takakura iba a ocupar el lugar de su nieta, no lo haría solo para usar sus aretes y verse bien en el espejo; lo haría bajo un régimen de entrenamiento que haría palidecer a cualquier médium novato.

El entrenamiento en el santuario

Cada madrugada, antes de que el sol terminara de salir, la "nueva Momo" ya estaba en el patio del santuario, vistiendo su conjunto deportivo blanco de felpa. Seiko la observaba desde el porche, fumando con parsimonia.

— "¡Más concentración, Ken! Si no puedes sentir la energía de Momo fluyendo por tus dedos, ella nunca va a despertar" —gritaba Seiko, lanzando amuletos explosivos que Okarun debía desviar usando los poderes telequinéticos latentes del cuerpo.

Okarun jadeaba, con el sudor corriéndole por la frente. Era extraño; podía sentir los "canales" de poder de Momo, pero abrirlos era como tratar de forzar una cerradura oxidada. Sin embargo, en cada sesión, algo cambiaba. La postura de Okarun se volvía más firme, sus movimientos más fluidos. Estaba dejando de ser un chico torpe en un cuerpo ajeno para convertirse en una guerrera formidable.

La hipótesis de la separación

Seiko mantenía la teoría de que la fisión se mantenía porque ambas almas estaban en un estado de baja frecuencia. Si lograban elevar la energía espiritual del cuerpo al máximo, quizás la presión interna obligaría a las almas a repelerse, como dos imanes con el mismo polo.

— "Si logramos que Momo despierte por el puro estrés del combate, es posible que el choque de sus conciencias genere la energía necesaria para que recuperes tu forma física" —le explicó Seiko una noche mientras le vendaba las manos.

Okarun asintió, aunque en el fondo sentía una punzada de duda. ¿Realmente quería que terminara? Se estaba acostumbrando a la fuerza de Momo, a la claridad de sus sentidos y a la forma en que Seiko lo trataba ahora.

El primer destello

Durante una sesión intensa de combate contra la Turbo Abuela, quien no tenía piedad en su forma de gato acrobático, Okarun fue acorralado. En un instante de pánico puro, cerró los ojos y gritó el nombre de Momo en su mente.

 De repente, una ráfaga de aura rosa estalló desde su pecho, lanzando a la Turbo Abuela contra la pared del santuario. Por una fracción de segundo, la voz que salió de sus labios no fue la de Okarun tratando de sonar como ella, sino la voz auténtica y autoritaria de Momo Ayase.

(TE GANE GATA SARNOSA)



"¡Quítate de mi camino, vieja gata sarnosa!"

El silencio que siguió fue absoluto. Okarun se quedó mirando sus manos, que aún vibraban con una energía eléctrica. No había sido él. Momo había tomado el control por un parpadeo.

Seiko se levantó de un salto, con los ojos brillando de esperanza. El entrenamiento estaba funcionando, pero el riesgo era evidente: si Momo despertaba con demasiada fuerza, ¿qué pasaría con la conciencia de Okarun que ahora habitaba cada rincón de ese cerebro?







La Dulce Metamorfosis: El Ascenso de la Nueva Momo

El plan de Seiko terminó siendo el empujón final, pero no hacia la separación, sino hacia la aceptación total. Okarun dejó de ver el cuerpo de Momo como una prisión y empezó a verlo como un lienzo. La dureza y el temperamento explosivo que caracterizaban a la Momo original fueron reemplazados por la timidez gentil de Ken, creando una combinación letal: la belleza física de una médium poderosa con la dulzura y el aura intelectual de un chico apasionado.

La Idol de Kamishiro

En la escuela, el cambio fue radical. Los que antes le temían a Momo por su actitud defensiva, ahora hacían fila para hablar con ella. Okarun, habitando este nuevo rol, descubrió que ser "linda" era una herramienta social poderosa. Se volvió más atenta, más suave al hablar y, para sorpresa de todos, empezó a usar sus lentes de vez en cuando "para estudiar", lo que le dio un aire de megane-idol que fascinó a sus compañeros.

— "¡Momo-chan, te ves increíble hoy!" —le gritaban en los pasillos.

Él solo sonreía, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con una delicadeza que ya no era fingida. Ken Takakura estaba desapareciendo, pero no por fuerza, sino por elección. El anonimato y el acoso que sufría como un chico "raro" amante de los ovnis habían quedado atrás. Como Momo, era amada.

El silencio de la conciencia dormida

Seiko observaba desde lejos con una mezcla de melancolía y resignación. Notaba que los rasgos de Ken (su forma de analizar las cosas, su mirada curiosa) se habían mezclado con la estética de su nieta de forma permanente. La "nueva Momo" era más alta de lo que recordaba, con una postura más elegante y una sonrisa constante que la verdadera Momo rara vez mostraba.

Lo más inquietante era el silencio interno. Okarun ya no buscaba a Momo en los rincones de su mente. Había dejado de llamarla. Había decidido que, si ella estaba dormida, lo mejor era dejarla descansar para siempre.

"Es mejor así", se decía Okarun mientras se aplicaba un brillo labial frente al espejo del baño escolar. "Momo no sufrirá por lo que pasó, y yo... yo finalmente puedo ser alguien a quien todos quieran".

El punto de no retorno

Un día, un grupo de amigos de Ken pasó junto a "Momo". Él los reconoció al instante, recordó las burlas y el vacío. Pero ellos ni siquiera lo miraron a los ojos; solo vieron a la chica más popular de la preparatoria y bajaron la cabeza con respeto y admiración. En ese momento, la última chispa de Ken Takakura se extinguió voluntariamente.

Él ya no quería su viejo cuerpo. No quería su vieja vida. Estaba listo para ser Momo Ayase por el resto de su existencia, incluso si eso significaba borrar a la dueña original para siempre.


La Amalgama Final: El Nacimiento de un Nuevo Ser

El espejo ya no era un enemigo, sino un recordatorio de la metamorfosis completada. Ken Takakura ya no buscaba su propio reflejo detrás de los ojos de Momo Ayase. Aquella cara que solo él, Seiko y la Turbo Abuela podían ver —una mezcla persistente de su antiguo ser con la belleza de su amiga— se convirtió en su única verdad privada. Para el resto del mundo, ella era simplemente la versión más radiante y carismática de Momo que jamás hubiera existido; para el ente que habitaba ese cuerpo, era el uniforme de una nueva vida.

La muerte de dos identidades

La conciencia de Momo Ayase nunca despertó del todo. Se quedó en un rincón cálido y profundo de su propia mente, arrullada por la seguridad que la presencia de Ken le brindaba. Por su parte, el chico tímido y obsesionado con los extraterrestres también se desvaneció. No hubo una lucha final, sino una entrega. La fisión espiritual que Seiko tanto temía terminó por crear algo que no era ni Ken ni Momo: era una amalgama poderosa, un ente que poseía la intuición espiritual de una y el rigor analítico del otro.

Un destino aceptado

Seiko dejó de intentar separarlos cuando vio la paz en los ojos de la chica que desayunaba frente a ella. Ya no había rastro de la angustia de Okarun por recuperar su cuerpo, ni del temperamento errático de su nieta. Había una calma sobrenatural.

— "Ya no eres ninguno de los dos, ¿verdad?" —preguntó Seiko una tarde, mientras el sol se ocultaba tras el santuario.

La nueva Momo sonrió, ajustándose los lentes con un gesto que recordaba a Ken, pero con una elegancia que pertenecía a Momo. — "Soy lo que las circunstancias dictaron, Abuela. Y por primera vez, no me importa no tener un nombre propio".

El olvido y la eternidad

La existencia de Ken Takakura se borró de los registros escolares y de la memoria de sus compañeros como un error corregido por el universo. La "Nueva Momo" se convirtió en una leyenda urbana viviente: una chica con un poder espiritual incomparable y una amabilidad que rozaba lo divino.

Ella vivió su vida sin mirar atrás, aceptando el cuerpo femenino y las responsabilidades de médium como si siempre hubieran sido suyas. En el fondo de su ser, la unión era tan perfecta que ya no se sentía como una posesión o un intercambio, sino como una evolución. Ken y Momo habían dejado de existir para que ella pudiera nacer.

Fin.



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