Identidad
Fragmentada: El Dilema de Okarun
Okarun caminaba por las calles de
Kamishiro con una sensación de pesadez que no le pertenecía. Cada paso que daba
hacía que la falda plisada se moviera contra sus muslos, una sensación térmica
y física para la que su mente no estaba preparada. Al bajar la mirada, no veía
sus manos huesudas y pálidas, sino los dedos finos y cuidados de Momo Ayase.
No sabía si había sido un efecto
secundario de un encuentro con un Ser de las Estrellas
o la broma pesada de un Yokai de clase alta,
pero el intercambio de almas había sido absoluto.
El peso de una vida
ajena
Lo más difícil no era el aspecto
físico, sino la energía que el cuerpo de Momo proyectaba. Okarun sentía una
vibración espiritual constante, un eco de los poderes de la "Chica
Médium" que él no sabía cómo controlar. Cada vez que intentaba ajustar sus
lentes —que ahora eran meros accesorios estéticos de Momo—, recordaba con un
vuelco en el corazón que su verdadero cuerpo estaba en algún lugar,
posiblemente habitado por la personalidad impulsiva y audaz de ella.
Se detuvo frente al aparador de una
tienda y observó su reflejo. Llevaba la sudadera rosa oversize, el enorme moño rojo y el choker negro; se veía exactamente como Momo, pero sus
ojos delataban el pánico y la timidez que solo Okarun podía sentir.
"Si no encuentro a Momo pronto,
su abuela se va a dar cuenta... y si Dodoria-san me cacha, estoy muerto",
pensó con un sudor frío recorriéndole la nuca.
Un encuentro
inesperado
De repente, sintió una presencia. No
era un extraterrestre, pero la sensación de ser observado lo puso en alerta. Un
grupo de estudiantes de su misma escuela se acercó, saludándolo efusivamente
como si fuera Momo. Okarun tuvo que forzar una sonrisa, tratando de imitar la
seguridad de su amiga, mientras su mente trabajaba a mil por hora buscando una
solución científica o paranormal.
El aire se volvió pesado y el cielo
comenzó a tomar un tono violeta antinatural. Okarun se dio cuenta de que el
tiempo se agotaba: si no revertía el intercambio antes del anochecer, las almas
podrían terminar fusionándose con sus recipientes actuales de forma permanente,
borrando la esencia de quién era realmente. Con los puños apretados dentro de
los bolsillos de la sudadera, decidió que no podía esperar a ser rescatado.
Tenía que usar el cuerpo de Momo para salvarse a sí mismo.
El Reflejo del Vacío
Los días pasaron y la esperanza de Okarun de despertar
en su propia cama se disolvió como la neblina sobre Kamishiro. Pero algo más
aterrador que el intercambio estaba sucediendo: la asimilación.
No era solo que habitara el cuerpo de Momo Ayase; es que
su mente estaba empezando a ceder ante la inercia de esa vida. A pesar de que
su conciencia gritaba que él era Ken Takakura, sus manos, por puro instinto
muscular, buscaban cada mañana el estuche de maquillaje y los accesorios de la
chica.
Una identidad en préstamo
Okarun se miró al espejo, ajustando con dedos
temblorosos los largos aretes color turquesa. Se sentía ridículo, pero a la
vez, sentía una compulsión eléctrica por verse "correctamente". Ya no
era solo la sudadera rosa o la falda; ahora usaba el vestido blanco y la
chamarra roja que Momo solía reservar para las ocasiones importantes. Era como
si el cuerpo tuviera una memoria propia que lo obligaba a mantener la fachada,
una inercia estética que lo estaba devorando.
"Momo... ¿dónde estás?", susurró, y su
propia voz, aguda y melodiosa, le devolvió un eco que le heló la sangre.
La desaparición total
La verdadera pesadilla comenzó cuando Okarun, usando la
linterna de Momo, decidió infiltrarse en su propio departamento. Esperaba
encontrar a su cuerpo —el chico flaco de lentes y cabello desordenado— actuando
como Momo, o al menos esperando por ayuda.
Pero no había
nada.
Su habitación estaba intacta, cubierta de una fina capa
de polvo y un silencio sepulcral. No había rastro de "él". Ni en la
escuela, ni en los lugares que solían frecuentar para cazar extraterrestres.
Era como si la existencia física de Ken Takakura hubiera sido borrada del
tejido de la realidad, dejando solo a "Momo" como el único recipiente
para ambos.
La caza en la oscuridad
Okarun bajó a los túneles subterráneos de la ciudad,
donde la actividad paranormal era más intensa. Con la linterna en una mano y
los sentidos de médium de Momo a flor de piel, comenzó a entender la magnitud
del problema. No había sido un simple intercambio de almas. Había sido un desplazamiento.
Se detuvo en seco cuando vio algo en las paredes del
túnel: una serie de símbolos que no eran ni humanos ni de los Yokai que
conocía. Eran marcas de una tecnología de "suplantación cuántica".
Okarun se dio cuenta, con horror, de que mientras él se
perdía en los rituales diarios de Momo —poniéndose su ropa, usando sus aretes,
caminando como ella—, el mundo estaba olvidando que él alguna vez existió. Él
no estaba atrapado en el cuerpo de Momo; él se estaba convirtiendo en la única versión de Momo que el
universo reconocía, mientras su verdadero ser permanecía en una dimensión de
bolsillo, invisible y mudo.
La Amalgama: Dos Almas, un Solo Cuerpo
El peso de la realidad cayó
sobre Okarun como una loza de concreto. Sentado a la orilla del lago, mientras
el sol de la tarde teñía el agua de un naranja metálico, se miró las manos.
Llevaba el vestido blanco ajustado y las medias altas que tanto le gustaban a
Momo. Ya no se sentía como un disfraz; se sentía como su piel.
La sentencia de la Abuela
La Turbo Abuela, con su usual tono burlón pero cargado de
una seriedad que erizaba la piel, fue la primera en soltar la bomba mientras
masticaba un dango. Pero fue la abuela de Momo, Seiko, quien puso la mano sobre su hombro y confirmó
el horror.
— "Escúchame bien,
Ken" —dijo Seiko, usando su nombre real por primera vez en semanas, lo que
lo hizo estremecerse—. "Momo no se ha ido a ninguna parte. No hay un
cuerpo de Okarun esperando en un túnel. El fenómeno que los golpeó no fue un
intercambio... fue una fisión
espiritual inversa. Se fusionaron".
Okarun sintió un nudo en la
garganta. — "¿Entonces... ella está aquí?" —preguntó, señalando el
pecho del cuerpo que ahora habitaba.
— "Ella es el recipiente
y tú eres el motor" —explicó la abuela—. "Sus conciencias se
entrelazaron. Momo está dormida en lo más profundo de tu psique, y por eso tu mente,
para no colapsar, te obliga a actuar como ella, a vestirte como ella y a ser
ella. Si te resistes, tu alma simplemente se fragmentará".
Mandar todo al carajo
Esa tarde, Okarun —o quien
quiera que fuera ahora— se quedó solo frente al lago. La rabia comenzó a
ganarle al miedo. Estaba harto de buscar una salida que no existía. Si el mundo
solo veía a Momo Ayase, si sus instintos lo obligaban a ser Momo Ayase, ¿qué
sentido tenía pelear?
Levantó la mano y, en un
gesto de pura frustración y rebeldía que rara vez se permitía el tímido Ken
Takakura, le pintó un dedo al horizonte, al destino y a cualquier alienígena
que les hubiera hecho esto.
"¡Al carajo con
todo!" —gritó al vacío. "Si voy a ser Momo, voy a ser la mejor
versión de ella. Voy a vivir su vida, voy a usar su ropa y voy a patear
traseros con su poder".
El despertar latente
Pero justo cuando decidió
rendirse a su nueva identidad, sintió un leve cosquilleo en la nuca. No fue una
descarga eléctrica, sino un sentimiento: una chispa de molestia, una pizca de
esa actitud mandona y protectora que tanto caracterizaba a la verdadera Momo.
Momo no estaba muerta.
Estaba ahí, escuchando. Okarun se dio cuenta de que ahora compartía no solo un
cuerpo, sino un inventario de recuerdos y emociones. Cada vez que se ajustaba
el choker o se ponía los
aretes, era un tributo inconsciente para mantener a la conciencia de Momo a
salvo en la oscuridad de su mente.
El problema ahora era: ¿qué
pasaría cuando ella despertara? ¿Habría espacio para dos personalidades en un
solo cerebro, o uno tendría que devorar al otro para sobrevivir?
(ASÍ ES COMO TODOS ME VEN)La Metamorfosis de Ken Takakura
Okarun se despertó esa mañana y no buscó sus lentes de
armazón grueso por costumbre, sino que estiró la mano hacia el buró para tomar
el teléfono color menta. Se tomó una foto frente al espejo, una selfie rutinaria que Momo habría
hecho. Al ver la imagen, ya no buscó a Ken en esos ojos; aceptó la redondez de
su rostro, el brillo de los aretes turquesa y la forma en que la camiseta negra
de tirantes se ajustaba a su nueva anatomía.
El Nuevo Rol en la Casa Ayase
Bajó a la cocina donde Seiko preparaba el desayuno. El
silencio habitual de Okarun fue reemplazado por un tono más ligero, casi
vibrante.
— "Buenos días, Abuela. ¿Hay algo de desayunar?
Muero de hambre" —dijo, sentándose a la mesa con una naturalidad que dejó
a la Turbo Abuela (en su forma de gato) con la boca abierta.
Seiko lo miró de reojo, evaluando la chispa en sus ojos.
Ken ya no estaba "fingiendo" ser Momo para pasar desapercibido;
estaba adoptando sus modismos, su energía y hasta su impaciencia.
— "Vaya, parece que alguien finalmente aceptó que no
tiene caso llorar por la leche derramada" —respondió Seiko con una sonrisa
de suficiencia—. "Si vas a ser mi nieta, más te vale que laves los platos
después".
La Vida como Momo
Okarun comenzó a salir al mundo no como un chico
atrapado, sino como la dueña legítima de ese cuerpo. Se compró ropa nueva,
empezó a usar maquillaje ligero para resaltar las facciones que ahora eran
suyas y se sumergió en el círculo social de Momo. Lo más extraño es que empezó a disfrutarlo.
Había una libertad en ser Momo que Ken nunca tuvo. La
gente la escuchaba, la respetaba y, sobre todo, la veía. Sin embargo, en la
soledad de su cuarto, cuando se quitaba los aretes al final del día, Okarun
sentía ese "eco" interno.
"Lo estoy haciendo bien, ¿verdad, Momo?",
pensaba hacia adentro, hacia esa parte de su psique donde ella dormía.
El Precio de la Renuncia
Pero vivir la vida de alguien más tiene un costo. Al
dejar de ser Ken, las habilidades analíticas y el conocimiento enciclopédico de
Okarun sobre los OVNIs empezaron a nublarse, reemplazados por los instintos
espirituales de Momo. Estaba perdiendo su esencia para mantener el cuerpo vivo
y funcional.
Un día, mientras caminaba por el centro, pasó frente a
una tienda de electrónica y vio un póster de una nueva convención de
astronomía. Por un segundo, su corazón dio un vuelco, un impulso puramente de
Ken Takakura. Pero antes de que pudiera acercarse, su mano subió
instintivamente a juguetear con su cabello corto y su mente saltó a pensar en
qué tipo de gloss combinaría
mejor con su atuendo de mañana.
Okarun sonrió frente al cristal, una sonrisa que era
100% Momo, mientras una pequeña lágrima, que no sabía de dónde venía, resbalaba
por su mejilla.
Disciplina de Hierro: El Despertar del Recipiente
Seiko no
era de las que se andaban con rodeos. Si Ken Takakura iba a ocupar el lugar de
su nieta, no lo haría solo para usar sus aretes y verse bien en el espejo; lo
haría bajo un régimen de entrenamiento que haría palidecer a cualquier médium
novato.
El entrenamiento en el santuario
Cada
madrugada, antes de que el sol terminara de salir, la "nueva Momo" ya
estaba en el patio del santuario, vistiendo su conjunto deportivo blanco de
felpa. Seiko la observaba desde el porche, fumando con parsimonia.
— "¡Más
concentración, Ken! Si no puedes sentir la energía de Momo fluyendo por tus
dedos, ella nunca va a despertar" —gritaba Seiko, lanzando amuletos
explosivos que Okarun debía desviar usando los poderes telequinéticos latentes
del cuerpo.
Okarun
jadeaba, con el sudor corriéndole por la frente. Era extraño; podía sentir los
"canales" de poder de Momo, pero abrirlos era como tratar de forzar
una cerradura oxidada. Sin embargo, en cada sesión, algo cambiaba. La postura
de Okarun se volvía más firme, sus movimientos más fluidos. Estaba dejando de
ser un chico torpe en un cuerpo ajeno para convertirse en una guerrera
formidable.
La hipótesis de la separación
Seiko
mantenía la teoría de que la fisión se mantenía porque ambas almas
estaban en un estado de baja frecuencia. Si lograban elevar la energía
espiritual del cuerpo al máximo, quizás la presión interna obligaría a las
almas a repelerse, como dos imanes con el mismo polo.
—
"Si logramos que Momo despierte por el puro estrés del combate, es posible
que el choque de sus conciencias genere la energía necesaria para que recuperes
tu forma física" —le explicó Seiko una noche mientras le vendaba las
manos.
Okarun
asintió, aunque en el fondo sentía una punzada de duda. ¿Realmente quería que
terminara? Se estaba acostumbrando a la fuerza de Momo, a la claridad de sus
sentidos y a la forma en que Seiko lo trataba ahora.
Durante
una sesión intensa de combate contra la Turbo Abuela, quien no tenía
piedad en su forma de gato acrobático, Okarun fue acorralado. En un instante de
pánico puro, cerró los ojos y gritó el nombre de Momo en su mente.
De repente, una ráfaga de aura rosa estalló desde su pecho, lanzando a la Turbo Abuela contra la pared del santuario. Por una fracción de segundo, la voz que salió de sus labios no fue la de Okarun tratando de sonar como ella, sino la voz auténtica y autoritaria de Momo Ayase.
(TE GANE GATA
SARNOSA)
"¡Quítate
de mi camino, vieja gata sarnosa!"
El
silencio que siguió fue absoluto. Okarun se quedó mirando sus manos, que aún
vibraban con una energía eléctrica. No había sido él. Momo había tomado el
control por un parpadeo.
Seiko se
levantó de un salto, con los ojos brillando de esperanza. El entrenamiento
estaba funcionando, pero el riesgo era evidente: si Momo despertaba con
demasiada fuerza, ¿qué pasaría con la conciencia de Okarun que ahora habitaba
cada rincón de ese cerebro?
La Dulce Metamorfosis: El Ascenso de la Nueva
Momo
El plan de Seiko terminó
siendo el empujón final, pero no hacia la separación, sino hacia la aceptación
total. Okarun dejó de ver el cuerpo de Momo como una prisión y empezó a verlo
como un lienzo. La dureza y el temperamento explosivo que caracterizaban a la
Momo original fueron reemplazados por la timidez gentil de Ken, creando una
combinación letal: la belleza física de una médium poderosa con la dulzura y el
aura intelectual de un chico apasionado.
La Idol de Kamishiro
En la escuela, el cambio fue
radical. Los que antes le temían a Momo por su actitud defensiva, ahora hacían
fila para hablar con ella. Okarun, habitando este nuevo rol, descubrió que ser
"linda" era una herramienta social poderosa. Se volvió más atenta,
más suave al hablar y, para sorpresa de todos, empezó a usar sus lentes de vez
en cuando "para estudiar", lo que le dio un aire de megane-idol que fascinó a sus
compañeros.
— "¡Momo-chan, te ves
increíble hoy!" —le gritaban en los pasillos.
Él solo sonreía, acomodándose
un mechón de cabello detrás de la oreja con una delicadeza que ya no era
fingida. Ken Takakura estaba desapareciendo, pero no por fuerza, sino por
elección. El anonimato y el acoso que sufría como un chico "raro"
amante de los ovnis habían quedado atrás. Como Momo, era amada.
El silencio de la conciencia
dormida
Seiko observaba desde lejos
con una mezcla de melancolía y resignación. Notaba que los rasgos de Ken (su
forma de analizar las cosas, su mirada curiosa) se habían mezclado con la
estética de su nieta de forma permanente. La "nueva Momo" era más
alta de lo que recordaba, con una postura más elegante y una sonrisa constante
que la verdadera Momo rara vez mostraba.
Lo más inquietante era el
silencio interno. Okarun ya no buscaba a Momo en los rincones de su mente.
Había dejado de llamarla. Había decidido que, si ella estaba dormida, lo mejor
era dejarla descansar para siempre.
"Es mejor
así", se decía Okarun mientras se aplicaba un brillo labial frente al
espejo del baño escolar. "Momo no sufrirá por lo que pasó, y yo... yo
finalmente puedo ser alguien a quien todos quieran".
El punto de no retorno
Un día, un grupo de amigos
de Ken pasó junto a "Momo". Él los reconoció al instante, recordó las
burlas y el vacío. Pero ellos ni siquiera lo miraron a los ojos; solo vieron a
la chica más popular de la preparatoria y bajaron la cabeza con respeto y
admiración. En ese momento, la última chispa de Ken Takakura se extinguió
voluntariamente.
Él ya no quería su viejo
cuerpo. No quería su vieja vida. Estaba listo para ser Momo Ayase por el resto
de su existencia, incluso si eso significaba borrar a la dueña original para
siempre.
La Amalgama Final: El Nacimiento de un Nuevo Ser
El espejo ya no era un
enemigo, sino un recordatorio de la metamorfosis completada. Ken Takakura ya no
buscaba su propio reflejo detrás de los ojos de Momo Ayase. Aquella cara que
solo él, Seiko y la Turbo Abuela podían ver —una mezcla persistente de su
antiguo ser con la belleza de su amiga— se convirtió en su única verdad
privada. Para el resto del mundo, ella era simplemente la versión más radiante
y carismática de Momo que jamás hubiera existido; para el ente que habitaba ese
cuerpo, era el uniforme de una nueva vida.
La muerte de dos identidades
La conciencia de Momo Ayase
nunca despertó del todo. Se quedó en un rincón cálido y profundo de su propia
mente, arrullada por la seguridad que la presencia de Ken le brindaba. Por su
parte, el chico tímido y obsesionado con los extraterrestres también se
desvaneció. No hubo una lucha final, sino una entrega. La fisión espiritual que
Seiko tanto temía terminó por crear algo que no era ni Ken ni Momo: era una amalgama poderosa, un ente que
poseía la intuición espiritual de una y el rigor analítico del otro.
Un destino aceptado
Seiko dejó de intentar
separarlos cuando vio la paz en los ojos de la chica que desayunaba frente a
ella. Ya no había rastro de la angustia de Okarun por recuperar su cuerpo, ni del
temperamento errático de su nieta. Había una calma sobrenatural.
— "Ya no eres ninguno de
los dos, ¿verdad?" —preguntó Seiko una tarde, mientras el sol se ocultaba
tras el santuario.
La nueva Momo sonrió,
ajustándose los lentes con un gesto que recordaba a Ken, pero con una elegancia
que pertenecía a Momo. — "Soy lo que las circunstancias dictaron, Abuela.
Y por primera vez, no me importa no tener un nombre propio".
El olvido y la eternidad
La existencia de Ken
Takakura se borró de los registros escolares y de la memoria de sus compañeros
como un error corregido por el universo. La "Nueva Momo" se convirtió
en una leyenda urbana viviente: una chica con un poder espiritual incomparable
y una amabilidad que rozaba lo divino.
Ella vivió su vida sin mirar
atrás, aceptando el cuerpo femenino y las responsabilidades de médium como si
siempre hubieran sido suyas. En el fondo de su ser, la unión era tan perfecta
que ya no se sentía como una posesión o un intercambio, sino como una
evolución. Ken y Momo habían dejado de existir para que ella pudiera nacer.












En efecto es Cine
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