Otros proyectos

domingo, 18 de enero de 2026

Stark es Frieren, el empiezo de una nueva historia


Un Guerrero en el Cuerpo de la Elfa

El bosque de los Lamentos Olvidados no perdonaba ni un solo descuido. Stark iba caminando detrás de las chicas, quejándose en voz baja de que ya le rugían las tripas, cuando una distorsión en el aire, como si el espacio mismo se hubiera "pixeleado", lo succionó por completo. No sintió dolor, sino una ligereza aterradora, como si de pronto hubiera dejado de pesar lo que un hombre de armas debe pesar.

Cuando el brillo se disipó, Stark se encontró sentado en un escalón de piedra. Lo primero que notó fue que sus piernas se sentían... raras. Al bajar la vista, casi se va de espaldas del susto.

—¿Pero qué onda? ¿Por qué traigo puestas las mallas de la señorita Frieren? —exclamó, llevándose las manos al pecho.

Ahí fue donde el pánico real se instaló. Sus manos eran pequeñas, blancas y delicadas, nada que ver con los "mazos" llenos de callos que usaba para cargar su hacha. Llevaba puesta la túnica blanca con bordes dorados y la capa corta característica de la maga. Stark se tanteó el cuerpo frenéticamente: sus músculos habían desaparecido, reemplazados por la figura menuda y delgada de la elfa.

—¡No puede ser! ¡Me encogí! ¡Estoy en el cuerpo de la maestra! —Stark empezó a hiperventilar.

Se tocó la cabeza por instinto, esperando sentir las orejas largas y las coletas blancas, pero se detuvo en seco. Su cabello seguía siendo corto, tieso y de ese color rojo intenso que lo caracterizaba. Al pasar sus manos por su rostro, reconoció sus propias facciones: su nariz, sus mejillas y sus ojos.

Era una escena bizarra. Si alguien lo viera de lejos, pensaría que a la poderosa maga Frieren le habían "trasplantado" la cabeza de su joven aprendiz de guerrero. El contraste era ridículo: la cara ruda y confundida de un chico de dieciocho años montada sobre el cuerpo frágil y femenino de la elfa milenaria.

—Chale, si Fern me ve así, no me la voy a acabar... —murmuró Stark con su propia voz, que ahora sonaba un poco más suave por salir de una garganta mucho más pequeña—. Si yo tengo el cuerpo de la señorita Frieren pero mi propia cara... ¿significa que ella tiene mi cuerpo de guerrero y anda por ahí con sus coletas blancas y su cara de flojera?

Stark se quedó ahí sentado, tal cual como en la imagen, tratando de procesar la situación. El peso del maná de Frieren vibraba dentro de él, pero él no tenía ni la menor idea de cómo usarlo. Estaba indefenso, atrapado en un cuerpo que no sabía manejar y con una apariencia que, honestamente, era de no creerse.




El Reflejo de una Pesadilla Mágica

Tras horas de caminar sin rumbo, sintiendo que el bosque se cerraba sobre él, Stark finalmente divisó las luces de un pequeño pueblo en los límites de la espesura. Cada paso era una tortura de confusión; sus pies, ahora mucho más pequeños, bailaban dentro de las botas, y el roce de la túnica blanca de Frieren contra sus piernas le recordaba en cada zancada que algo andaba muy mal.

Al llegar a la civilización, Stark trató de no llamar la atención, aunque era difícil no ser el centro de las miradas con esa apariencia tan bizarra. Buscó desesperadamente entre los bolsillos de la ropa de la elfa y, para su alivio, encontró unas cuantas monedas de oro y plata.

—Disculpe... —dijo con voz temblorosa al encargado de una posada cercana—, necesito un cuarto. El más privado que tenga, porfa.

El posadero lo miró de arriba abajo, confundido por ver a alguien con el cuerpo y las ropas de una maga, pero con el rostro y el cabello algo masculinos. Sin embargo, el brillo del oro fue suficiente para que no hiciera preguntas.

Una vez que Stark entró a la habitación, lo primero que hizo fue aventar el cerrojo. El silencio del cuarto solo hizo que su corazón latiera más rápido. Necesitaba confirmar lo que sus ojos le decían. Se acercó lentamente al espejo de cuerpo completo que descansaba contra la pared de madera.

Al verse de frente, el impacto lo hizo retroceder un paso.

—¡Híjole, no es un sueño! —exclamó, llevándose las manos a la cara.

En el espejo estaba él... pero no estaba él. Su cabeza, con ese cabello rojo alborotado que Fern siempre criticaba, descansaba sobre el cuello fino y los hombros estrechos de Frieren. La túnica blanca le quedaba pintada, pero ver sus propias facciones de hombre en ese cuerpo tan menudo y femenino le revolvió el estómago. Se sentía como si estuviera usando un disfraz permanente de Frieren o como si su alma hubiera sido cosida al cuerpo de su maestra por error.

Se miró las manos, las giró una y otra vez; no había cicatrices de batalla, solo una piel blanca y perfecta. Se tocó los aretes rojos que colgaban de sus orejas (ahora humanas, no puntiagudas) y sintió un escalofrío.

—Si no encuentro a la señorita Frieren pronto, me voy a volver loco —murmuró, viendo cómo su propia expresión de angustia se reflejaba en el cuerpo de la maga más poderosa del mundo—. ¿Cómo le voy a explicar a la gente que soy Stark pero me veo como algo raro?

Se sentó en la cama, sintiendo la ligereza de su nuevo peso, y se quedó mirando fijamente hacia la puerta, esperando (y a la vez temiendo) que alguien la tocara.




La Transformación Silenciosa

Esa noche, Stark no pegó el ojo de inmediato. El cansancio era mucho, pero la sensación de habitar ese cuerpo era demasiado extraña como para ignorarla. Al acostarse, el pánico le dio un vuelco al estómago al confirmar sus sospechas: le faltaba esa parte esencial que lo definía como hombre y, en su lugar, sentía una ausencia que lo hacía sentir vulnerable. Además, aunque la maestra Frieren era conocida por ser bastante plana, Stark no podía ignorar ese par de discretas curvas en su pecho que estorbaban al moverse, ni la amplitud de sus nuevas caderas que hacían que la cama se sintiera distinta. Su piel, antes curtida por el sol y el entrenamiento, ahora era tan tersa y suave que casi le daba miedo tocarse.

Como buen guerrero —y siendo honestos, un poco por miedo a lo que vería si se desnudaba—, decidió que el baño podía esperar indefinidamente. Se quedó dormido con la ropa puesta, envuelto en la túnica de la elfa, deseando despertar de lo que esperaba fuera solo una pesadilla.

A la mañana siguiente, el rugido de su estómago (ahora un sonido mucho más agudo) lo obligó a levantarse. El hambre no perdonaba, ni siquiera en cuerpos ajenos. Se puso de pie, estirando los brazos con esa pesadez mañanera, pero antes de salir de la posada a buscar algo de comer, se detuvo un segundo frente al espejo.

Fue entonces cuando se dio cuenta de algo perturbador.

—No puede ser... —murmuró, acercándose al cristal para verse de cerca.

Seguía siendo su rostro, de eso no había duda; su cabello rojo seguía ahí, alborotado y corto. Pero algo había cambiado durante la noche. Sus facciones, antes marcadas y de mandíbula firme, se habían suavizado. Sus ojos parecían más grandes, sus labios un poco más llenos y su piel tenía un brillo que nunca antes tuvo.

Como se observa en las imágenes, su cara ya no desentonaba de forma tan brusca con el cuerpo de Frieren. Era como si el cuerpo de la elfa estuviera reclamando su identidad, moldeando el rostro de Stark para que encajara mejor con esa figura femenina y menuda. Ahora, al verse de pie junto a la pared o sentado en el borde, ya no parecía un hombre con el cuerpo cambiado; empezaba a verse como una chica que compartía rasgos muy familiares con el antiguo Stark. La coherencia entre su cabeza y sus manos delicadas era cada vez mayor, y eso lo asustó más que cualquier monstruo del bosque.

Con una mezcla de resignación y nerviosismo, Stark salió de la habitación, tratando de ocultar su rostro bajo el cuello de la túnica mientras caminaba hacia el mercado del pueblo.


La Estrategia del Guerrero "Miniatura"

Stark se sentó en la orilla de la cama, contando con cuidado las monedas que había encontrado en la bolsa de Frieren. Hizo cuentas rápido: ese "colchoncito" para emergencias le alcanzaría para vivir unos 15 días en la posada sin tener que tronarse los dedos por el dinero. Era un alivio, pero también una cuenta regresiva. No podía quedarse encerrado esperando a que el maná lo convirtiera por completo en otra persona.

—Quince días... —susurró, guardando el cambio con sus nuevas manos delicadas—. Si no encuentro a las chicas antes de que se acabe la lana, voy a terminar pidiendo limosna con este vestido.

Después de echarse un desayuno rápido en el cuarto para no dar explicaciones, Stark se armó de valor y decidió salir. Su destino era claro: el gremio de aventureros. Si alguien sabía de magias raras o avistamientos de magos con cuerpos de guerreros, sería ahí.

Antes de cruzar el umbral, se detuvo frente al espejo una última vez para acomodarse la capa blanca. Como se nota, el cambio en su rostro era ya innegable. Aunque mantenía su característico cabello rojo alborotado y sus ojos expresivos, las facciones se habían refinado drásticamente. Su mandíbula era más suave y su expresión, aunque intentaba ser seria y ruda como la de un guerrero, ahora lucía más como la de una chica joven y decidida.

Al caminar por las calles del pueblo, Stark notó que ya no se sentía como un "cuerpo con una cabeza pegada" por error. La transición física estaba unificando su apariencia; su cara ahora armonizaba perfectamente con la estatura baja, los hombros finos y las mallas oscuras del cuerpo de Frieren. Incluso su forma de pararse había cambiado sin querer; ahora proyectaba una mezcla extraña entre la vulnerabilidad de su situación y la elegancia natural de la maga.

Llegó a las puertas del gremio y se detuvo bajo un arco de piedra. Sujetó con fuerza el báculo de madera que había tomado del equipo de Frieren, usándolo más como un bastón de apoyo que como una herramienta mágica. Sabía que al entrar, todas las miradas se posarían en él. Tenía que inventar una buena historia, porque nadie le creería que detrás de ese rostro femenino y ese cuerpo de elfa, se encontraba el guerrero que solía cargar una hacha gigante.


Un Mago Inesperado

Stark, sintiendo que le temblaban las piernas (o, más bien, las piernas de Frieren), se armó de valor para entrar al gremio de aventureros. Se acercó al mostrador y, tratando de sonar lo más convincente posible, describió a sus compañeros desaparecidos.

—Vengo a poner una solicitud de búsqueda —dijo, intentando que su voz sonara grave, pero saliendo más bien como un chillido aguardientoso—. Ando buscando a un guerrero grandote, pelirrojo, medio atolondrado, se llama Stark... y también a una maga de pelo morado que siempre anda de malas, ella es Fern.

La recepcionista lo miró con curiosidad, asimilando la extraña descripción de "Stark" que en realidad era el mismo en otro cuerpo. No hizo muchas preguntas, solo le entregó un papel para rellenar los detalles. Después de eso, Stark se dirigió al tablero de trabajos. Sus ojos de guerrero buscaban misiones de escolta, de caza de monstruos o de exploración de ruinas, pero lo único que veía eran recados para recolectar hierbas, misiones de reconocimiento que requerían sigilo, o "ayuda mágica" para conjurar barreras.

—No puede ser. Todos estos son para magos —masculló. Él era un guerrero, no un tipo que movía los dedos y hacía aparecer cosas.

Sin embargo, antes de pedir cualquier trabajo, un impulso lo invadió. Había sentido el maná de Frieren vibrando dentro de este cuerpo desde que la posesión se había completado, una energía poderosa y latente que bullía bajo su piel. Salió del gremio y se dirigió a la orilla del bosque, buscando un lugar apartado donde nadie pudiera verlo.

Se detuvo en un claro, rodeado de árboles que parecían observarlo. Cerró los ojos, recordando cómo Frieren movía las manos, cómo Fern concentraba su energía. Intentó imitar la postura, visualizando el fuego. Al principio, nada. Solo se sentía un poco tonto.

—A ver, Stark, concéntrate. Si la maestra puede hacer esto con un chasquido de dedos...

Frunció el ceño, apretó los puños y, de pronto, sintió un calor en la palma de su mano. Abrió los ojos de golpe. De su pequeña mano, ahora con dedos finos, surgió una esfera de fuego anaranjado y crepitante. Era una bola de fuego perfecta, suspendida en el aire, irradiando calor. Stark se quedó boquiabierto, con una mezcla de sorpresa, miedo y una pizca de orgullo. Lo había logrado. ¡Estaba haciendo magia!




La Magia de Stark: El Despertar de la Maga

En medio del claro del bosque, el asombro inicial de Stark se transformó en algo mucho más profundo y aterrador. No fue solo la bola de fuego; de repente, sintió un hueco en su mente que se llenaba con una fuerza torrencial. Sin previo aviso, su cuerpo —el cuerpo de Frieren que ahora habitaba— comenzó a elevarse del suelo, flotando con una ligereza sobrenatural.

—¡Ay, ay, ay! ¡¿Qué me está pasando?! —gritó, pero su pánico fue silenciado por una marea de información.

Era como si un "tapón" invisible en su cerebro se hubiera botado de golpe. Miles de fórmulas mágicas, siglos de estudio y el intrincado control del flujo de maná que pertenecían a Frieren se filtraron directamente en su conciencia. Stark seguía siendo Stark, conservaba sus recuerdos y su esencia de guerrero, pero ahora, al cerrar los ojos, entendía el lenguaje del mundo como solo una maga milenaria podría hacerlo. El maná comenzó a rodearlo en un torbellino de energía visible, envolviendo su figura pequeña y su rostro, que ahora lucía una determinación mucho más serena y mística.

Ya no era un chico disfrazado; el conocimiento lo había transformado. Stark ahora era una Maga.

Con una nueva confianza en su caminar, regresó al pueblo. Al entrar de nuevo al gremio de aventureros, su presencia ya no era la de un joven confundido. Se dirigió directo al tablero de misiones de alto nivel y arrancó un pergamino con un trabajo que, aunque peligroso para un novato, para sus nuevos conocimientos parecía "pan comido".

Se acercó al mostrador con una elegancia que ni él mismo reconocía. La recepcionista, notando el aura de poder que ahora emanaba de esa chica de cabello rojo y ropa blanca, le preguntó con respeto:

—¿A nombre de quién registro la misión, señorita?

Stark dudó solo un segundo. Sabía que si decía su nombre real, nadie le creería, y además, con todo ese conocimiento fluyendo en sus venas, se sentía más ligado a su maestra que nunca. Enderezó la espalda, sostuvo el báculo con firmeza y respondió con voz clara:

—Regístralo a nombre de Frieren, la maga.

La recepcionista anotó el nombre sin dudarlo. Stark salió del gremio con el contrato en mano, listo para estrenar sus poderes y, de paso, ver si esta nueva "identidad" le ayudaba a encontrar a sus amigos más rápido.



El Olvido del Guerrero y el Nacimiento de la Elfa

La primera misión fue apenas el comienzo de una rutina que terminaría por devorar su antigua identidad. Al principio, Stark contaba los días y las monedas con la esperanza de que el dinero fuera solo un medio para encontrar el camino de vuelta, pero la facilidad con la que resolvía los problemas usando la magia de Frieren se volvió una adicción silenciosa. El pago por aquel primer trabajo fue modesto, pero suficiente para entender que, en este cuerpo, la supervivencia no requería de la fuerza bruta ni del sudor del guerrero, sino de la voluntad refinada de una maga.

Los años empezaron a pasar con esa lentitud engañosa propia de los elfos. Stark, que siempre había vivido con la urgencia de los humanos, empezó a notar que el tiempo ya no le pesaba. Lo que más le perturbaba al principio era su propio reflejo, pero con el tiempo, esa perturbación se convirtió en aceptación. Aunque su cabeza era humana de origen, el cuerpo de Frieren —esa vasija de maná milenario— resultó ser el poder dominante. Su rostro no envejecía; ni una sola arruga, ni una marca del paso del tiempo se atrevía a profanar su piel. Era como si el cuerpo élfico hubiera "conquistado" su biología humana, dictando que ella viviría por siglos.

La metamorfosis no fue solo externa. En su mente, los recuerdos de ser aquel chico que cargaba un hacha pesada empezaron a cubrirse de polvo. Se dio cuenta de que ya no pensaba como un hombre. La falta de esa "parte importante" para los varones dejó de ser una extrañeza para convertirse en su normalidad; el peso de su pecho y la amplitud de sus caderas ya no le resultaban estorbos, sino parte de su equilibrio natural.

—Yo ya no soy él —se dijo una mañana, frente al espejo de una nueva posada, en un pueblo cuyo nombre ya ni recordaba.

Ese día decidió dejar de referirse a sí misma como Stark. El nombre le sonaba ajeno, como el nombre de un hermano fallecido hace mucho tiempo. Para el mundo, y ahora para ella misma, el nombre era Frieren.

Su apariencia terminó por armonizar de una manera casi poética. Dejó que su cabello rojo —el último vestigio de su pasado— creciera largo y abundante, pero en lugar de llevarlo suelto, lo recogió en las dos coletas que recordaba de su maestra. Sus facciones terminaron por suavizarse del todo; la mandíbula que antes era firme y masculina ahora era delicada y grácil. Sus ojos, aunque conservaban el color de Stark, ahora poseían la profundidad y el misterio de alguien que ha estudiado los secretos del universo.

Ahora, cuando caminaba por las plazas de los pueblos con su báculo en mano, nadie dudaba de ella. Era una mujer joven, de una belleza mística y una elegancia que imponía respeto. Había nacido de nuevo; ya no era un guerrero en un cuerpo ajeno. Era Frieren, una maga que combinaba la esencia ardiente de su origen con la inmortalidad y el conocimiento de la elfa. El pasado de Stark no era más que una historia que alguien le contó alguna vez, mientras ella, con su nueva piel tersa y su destino eterno, se disponía a vivir una vida que los humanos ni siquiera pueden soñar.



Epílogo: El Hilo Invisible de Dos Mundos

Los siglos se desplomaron sobre Frieren, antaño Stark, como una avalancha de recuerdos ajenos y una eternidad inalterable. El tiempo perdió su significado, y con él, la urgencia de ser quien fue. Frieren —porque el nombre de Stark no era más que una bruma en el horizonte de su vasta memoria— había recorrido cada rincón de este mundo paralelo, cada continente, cada ruina milenaria, con una sed insaciable de respuestas. Buscó el rastro de un guerrero pelirrojo con la cabeza inconfundible de una elfa milenaria, y anheló la mirada ceñuda pero leal de una joven maga de cabello morado. Pero el destino, cruel y caprichoso, le había tejido una realidad donde esas figuras simplemente no existían.

Este mundo era un espejo casi perfecto del suyo, un eco vibrante que replicaba el 90% de sus recuerdos. Pueblos, montañas, incluso ciertos rostros se repetían, pero las piezas cruciales estaban ausentes. Aquí no había un Himmel el Héroe cuya estatua inmortalizara su sonrisa altiva; no existía la épica gesta de su grupo. La amenaza de un Rey Demonio era un cuento para niños, pues en esta realidad, los demonios convivían, pacíficamente, con las demás razas, despojados de su malicia intrínseca. Era un mundo de paz extraña, una utopía que le susurraba una verdad desoladora: el destello en el bosque no solo le había arrebatado su cuerpo, sino que la había condenado a ser un fantasma viviente de un mundo que ya no existía para ella.

Con el paso de las eras, la nueva Frieren forjó su propia leyenda. Reunió a un nuevo grupo de aventureros, hombres y mujeres de diversas razas que la miraban con una mezcla de respeto y un temor reverencial. Descubrió que, en este plano, el maná de Frieren resonaba con una potencia sin igual; era la maga más poderosa que jamás hubiera existido, una fuerza de la naturaleza encarnada en un cuerpo inmortal y femenino. Pero la omnipotencia, para un alma que alguna vez fue humana, era un regalo envenenado.

La chispa impulsiva y la calidez ingenua de Stark se fueron diluyendo, como pigmentos desvaneciéndose en un mural antiquísimo. Suplantadas por la frialdad calculada, la paciencia infinita y el aburrimiento existencial que tan bien conocía de su maestra original. Se convirtió en una maga de pocas palabras, observando el ascenso y la caída de imperios con la misma indiferencia con la que veía marchitarse una flor. La longevidad, que un día fue una bendición para su búsqueda, se transformó en una condena. Necesitaba la emoción de las batallas, la resolución de misterios arcanos y la continua acumulación de hechizos inútiles para no sucumbir a la pesadez de una eternidad sin propósito. La aventura dejó de ser una elección para ser una necesidad vital; un pulso para su corazón élfico que no quería detenerse.

Mientras tanto, en el mundo que Frieren (la verdadera) y Fern dejaron atrás...

El destello mágico del bosque de los Lamentos Olvidados no solo envió a Stark a otra realidad, sino que también alteró el destino de quienes se quedaron. Cuando Fern finalmente se encontró con el cuerpo de su maestra, el shock fue monumental. Ahí estaba Frieren, con su atuendo de maga, sus orejas puntiagudas, su cabello blanco... pero su rostro había sido reemplazado por el de Stark, con sus ojos grandes y curiosos, y ese mechón rojinegro tan característico. Y más extraño aún, el aura mágica que la rodeaba era débil, casi inexistente.

Horas más tarde, encontraron a Stark. El guerrero yacía inconsciente, pero al despertar, un terror gélido se apoderó de Fern. Su maestro, el gran guerrero Stark, ¡ahora tenía la cabeza imperturbable de Frieren! La elfa, atrapada en el cuerpo musculoso del joven, se miraba las manos grandes con una extraña mezcla de irritación y resignación. Los esfuerzos de Fern por revertir el hechizo fueron en vano; la magia que había causado el cambio era de una complejidad que escapaba a su comprensión.

Frieren, ahora en el cuerpo de Stark, y Stark, con el cuerpo de Frieren, se vieron obligados a continuar su viaje. La elfa descubrió que, aunque detestaba el ejercicio, el cuerpo del guerrero era un recipiente eficiente para su maná, y se adaptó, a su manera indolente, a cargar su propia hacha. Stark, con la mente de Frieren, se encontró en una batalla constante por mantener la compostura y la seriedad que su cuerpo femenino ahora exigía, mientras su alma de guerrero clamaba por la acción. A pesar de los desafíos y las miradas curiosas (y a veces horrorizadas) de quienes los conocían, continuaron su viaje, buscando el camino de vuelta para Stark y el conocimiento que pudiera revertir el hechizo. La amistad de Fern se convirtió en el ancla que los mantenía cuerdos, navegando por un mundo que de repente se había vuelto ridículo y sublime.

Al final, bajo el cielo de un mundo que ahora solo le pertenecía a ella, la Maga Carmesí seguía caminando. Con su báculo en mano y su rostro femenino sumido en una calma milenaria, Frieren aceptó su papel en la historia: una leyenda errante que cargaba con el alma de un guerrero olvidado y el poder de una elfa eterna, condenada a vagar entre las maravillas de su nuevo hogar, preguntándose, quizás en los momentos de mayor soledad, qué habría sido de aquellos compañeros a los que el tiempo y la magia le arrebataron.